S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

CUENTOS DE LA SERIE: ¡BIENVENIDOS IDIOTAS!

4

El Hombre Invisible.

De Honorio

"Ser invisible no es ninguna ganga"

Aquella mañana el hombre invisible amaneció con muy mala cara, la noche anterior se había acostado con acidez de estómago y levantarse se le hizo cuesta arriba. Se palpó las invisibles mejillas frente al espejo y percibió con horror las aparentes ojeras que circundaban sus ojos. Presto como raras veces, tomó papel y lápiz y confeccionó una lista de síntomas por el expeditivo procedimiento de apuntar todo lo que funcionaba mal. Tras la diecinueve anotación, más presto todavía, corrió a su flamante manual Merck cuarta edición en castellano y reconfeccionó otra lista de posibles enfermedades. El horror cobró toda su fuerza entonces.

Seguramente padecía, y sólo citaremos las más importantes: Diabetes Mellitus, sífilis, distrofia epitelial, flatulencia, hemorroides, caries dental, hipocaquexia de origen desconocido y alopecia. Amén del pertinaz estreñimiento de toda la vida.

—Lo de la diabetes pase, pero lo de la sífilis... —se decía el hombre invisible—. Con lo que me cobró. En fin, tengo que ir al médico.

Esto se lo decía el hombre invisible una mañana de cada tres. Pero el hombre invisible jamás había ido al médico, porque los galenos le aterrorizaban. Esa era una de las razones por las que nuestro personaje gozaba de una excelente mala salud.

Para empezar no conocía ninguno, ignorancia que en cierto modo le beneficiaba. Y el médico al que invariablemente prometía acudir cuando sus males parecían agravarse, era un ser etéreo y de muy poca consistencia carnal. El Hombre invisible se lo imaginaba grande, muy grande, de bata impoluta y rostro bronceado y sano. Ojos azules y fieros. Pocas palabras pero mortales, un termómetro en la manga como un as escondido, y ese odioso aparato que siempre obliga a desnudarse de cintura para arriba.

El hombre invisible decidió que sin más vacilaciones aquella mañana acudiría a la consulta del médico. Buscó su cartilla veintiocho—barra y consultó la dirección del facultativo que le correspondía por méritos propios. Como era un hombre realista sopesando las siniestras hazañas que le habían contado de los facultativos de la seguridad social, decidió tirar por la ventana la cartilla S.S. y encaminarse con rumbo a lo desconocido en busca de un médico cualquiera. Esta decisión tan drástica en una vida llena de indecisiones le llenó de orgullo. Se le olvidó un poco su malhumor estomacal-genital-malsabordeboca-anal y silbó algunos pasajes de imposible reconocimiento de la cabalgata de las Walkirias.

El día estaba fresco y un birujis molesto le arremolinó al hombre invisible los pelos invisibles de su cabeza ídem. Y además, como el hombre invisible iba desnudo, de otro modo sería visible, tiritó un poquito.

Se metió en una cafetería, y mientras un orondo cliente no pudo resistir la tentación de gastarse las pelas en una máquina tragaperras, se zampó en un santiamén el temporalmente abandonado desayuno —café con leche y cruasán plancha— del susodicho gordo, dejándolo luego en airada discusión con el camarero sobre por qué retiran las consumiciones que aún no han sido idemmidas. El camarero, que hacía años que estaba harto de serlo, tuvo un valiente arranque y le vació en la cabeza una jarra de leche calientita, lo que le costó el puesto, pero un día es un día —se dijo mientras caminaba hacia la oficina del paro. 

El hombre invisible se acercó al estanco, cogió al vuelo su tabaco preferido, le dio un pellizco a la estanquera, quien chilló, y se fue dando zancadas calle abajo, sorteando señoras gordas, ciegos de la once, y desaforantes loteras.

En una esquina le pidió lumbre a un apresurado ejecutivo —importante cartera en ristre—, que caminaba calle arriba con cara de muy mucha prisa y muy pocos amigos.

—¿Me da usted fuego, señor mío?

El ejecutivo se detuvo. No vio a nadie, el hombre invisible insistió. El ejecutivo sacó el Dupont con gestos presurosos y le dio fuego al aire.

—Un poco más alto —le pidió el hombre invisible—. Gracias —añadió cortés exhalando poderosas bocanadas de humo. Y siguió su camino más feliz que unas pascuas.

Nuestro ejecutivo dudó un momento, primero miró por el rabillo del ojo a la izquierda y luego a la derecha.

—¡Jesús! —exclamó. Y se puso colorado como un tomate. Entró en un bar y pidió un doble de güisqui y con prisa agónica lo vació de un trago. Se acercó al teléfono, discutió con el camarero (otro), que si funciona, que si no funciona, y llamó a su siquiatra visiblemente alterado, quien al oler su aliento le dio una cita para esa misma tarde. De paso llamó al abogado y le preguntó por su divorcio, quien le nombró una cifra —para empezar— que terminó por desquiciarle. Puestos a usar el teléfono llamó luego a su amante y le soltó unas lagrimitas, y para terminar llamó a la oficina pidiendo el día libre con la excusa de un entierro. Luego respiró más tranquilo y se bebió tres güisquis más. Al terminar la mañana estaba contándole su vida a una fulanilla que no hacía más que aplastarle los bajos con la rodilla porque no era el único y no podía perder toda la mañana por mucho trajecito del Corte Inglés que llevara el maromo.

En otra esquina, el hombre invisible leía el periódico por la parte de los cines, cuando terminó el desolador panorama se leyó todos los anuncios de masajes sexis. No había ido en su vida, pero le emocionaba el misterio que cada una de aquellas llamadas al más desbordante placer francés, griego, turco, disciplinario, etc..., tenía en su interior. Suspiró profundamente y le regaló el periódico a una viejecita de las que nuestro infame gobierno permite que duerman sobre un montón de cartones y papeles atados con cuerda de tender bragas.

—Tome buena mujer.

—Gracias, hijo —le respondió la anciana sin que le importará que el diario nadará en el aire sin sostén.

Tres manzanas más allá, el hombre invisible se dijo a sí mismo que por mucho que lo retardase, tarde o temprano su estómago volvería a despertarse y estaremos en las mismas.

Levantó la cabeza e inhaló aire —que es la forma científica de respirar—. ¡Adelante, muchachos! pensó el hombre invisible.

Sus ojos se perdieron por las fachadas de los más viejos edificios de la calle. Un rótulo le llamó poderosamente la atención: "Piel, venéreo, fimosis" decía el infamante cartel. Y el hombre invisible se estremeció ante aquella muestra de descarnada medicina para quintos. Un poco más a la derecha otro cartel anunciaba una esmerada clínica dental. Y el hombre invisible volvió a estremecerse. 

En un portal no muy lejano, una placa a la que un portero sacaba brillo con pertinaz afán, le indicó que en el principal derecha oficiaba el doctor que necesitaba. No cabía duda. Doctor José González. Con un nombre así nadie podía correr peligro. Medicina General terminaba el cobre.

Cogió el ascensor para hacer tiempo y ganas y le dio un susto de muerte a una señora madura que resoplaba fatigada por la pesada bolsa de la compra, al ver como la puerta del vetusto elevador se abría sola y nadie salía. La mentada ama de casa aprovechó para tener un desmayo que culminó con trompazo y rotura de faja de incierto pronóstico. A las cuitas acudió el portero —secretamente enamorado de la finada—, y una vecina con un ojo menos, pues se lo había dejado pegado a la mirilla de la puerta, y el mismo hombre invisible, que entre tantas manos al socorro pasó desapercibido, si bien fue quien corrió con casi todo el esfuerzo de levantar a la gorda.

Nuestro afamado y deletéreo héroe les dejo discutiendo sobre como las puertas de los ascensores pueden abrirse solas y como una hermana del portero sufrió un caso similar pero mucho peor. La cosa no quedó ahí, pues la vecina añadió de su propia cosecha un caso de una prima de su cuñado que quedó atrapada en un ascensor durante algunas horas, y que cuando los bomberos pudieron rescatarla se la encontraron semivestida y con extrañísimos síntomas. La tal prima jamás quiso dar fe o explicaciones el evento pero nueve meses después dio a luz un hermoso retoño con los mismísimos ojos del panadero.

—¡Ah, no! —se defendió la señora espantada por el hombre invisible—. A mí nadie me ha tocado la honra.

Y mentía porque en el barullo de levantarla las manos del portero fueron más libres que sus pensamientos, ¿o sus pensamientos fueron más libres que sus manos?

El corazón le palpitaba al hombre invisible cuando pulsó el timbre de la consulta del doctor José González. Abrió una enfermerita con barrillos en la cara y las piernas flacas y enfundadas en unas asépticas medias blancas.

—Buenos días —dijo el hombre                con su mejor sonrisa de cordero degollado.

—Buenos d... —medio respondió la enfermera anteriormente descrita antes de percatarse de que saludaba sola. Abrió los ojos de par en par, sacó el largo cuello por el marco de la puerta y miró y remiró a diestro y siniestro. Luego, quiso cerrar la puerta a toda prisa y le pilló una pierna al hombre invisible que lanzó un justificado juramento.

—¡Socorro! —gritó la enfermera saliendo en estampida hasta que topándose con el doctor lo derribó entre una parafernalia de instrumental y las mollas de un grueso religioso claretiano que había acudido a la consulta por un problema de bilis que le tenía preocupado desde hacía tiempo, más que nada por los flatos que se le escapaban en el confesionario.

El hombre invisible entró cojeando en la sala de espera.

—¡Ay, ay! —se quejaba el pobre—. !Empezamos bien!

—¡Pero qué ocurre! —graznó el doctor lleno de facultativa ira.

—Uh, humm, ah, oh... —se explicó su empleada. Y lo remató con algunos, ih, histéricos. 

El doctor le propinó una bofetada. Desde sus tiempos de estudiante tenía bien aprendido que este era el mejor remedio para casos así, salvo que esta era la primera vez en veinte años que tenía la oportunidad de aplicarlo. Se quedó muy sorprendido de que no diera resultado, pues la enfermerita cogió una pataleta terrible y tiró un jarrón y luego se rasgo el uniforme, pero sin enseñar nada, para acabar encerrándose en el servicio cargada de lágrimas.

—¿Pero ha visto usted? —se quejó el doctor al clérigo que medio desnudo buscaba su tazada sotana para taparse en sonrojo, inútilmente, por cierto, porque en la sala sólo estaba el hombre invisible dándose masaje en la pierna lastimada y lanzando unos ayes en sordina casi inaudibles.

—¿Será posible? —insistía en su asombro el doctor.

—¡Señor, señor! —le consoló el religioso abrochándose los botones de la negra sotana.

—No, no se vista todavía —le pidió el doctor—, que no he terminado. Y dirigiéndose al servicio agregó:

—Fulanita, Fulanita, anda hija, sal —y como la susodicha siguiera en sus llantos, gritó: ¡Fulanita! ¡Sal de una puñetera vez!

—No grite usted, por favor —le rogó el religioso.

—¿Qué no grite?, ¿qué no grite? ¡Grito lo que quiero! —y siguió—: ¡Fulanitaa! —y no contento con eso aporreó la puerta con tal violencia que la desdichada enfermera se asustó aún más prorrumpiendo en una horrible llantina que puso al borde de una crisis al paciente claretiano, quien calzándose el bonete se fue a toda la marcha que sus sufridos pies le permitían.

Por el marco de la puerta asomaban sus cabezas: el portero, la vecina, una segunda vecina, vecina de la anterior, y la señora soponciada por el hombre invisible.

—¿Le ocurre algo, doctor González? —dijo el portero con la misma voz que cuando se dirigía al teniente en los tiempos en que fue guardia.

—Pase usted, a ver si convence a esa tonta de que salga del baño —y viendo que su paciente se había marchado salió en su búsqueda, pues teniendo por clientes a toda la cofradía, no podía permitirse el lujo de un paso en falso de semejante calibre.

Cuando el portero y sus acompañantes quedaron solos dudaron qué hacer. El portero se decidió. Se acercó a la puerta del servicio, carraspeó, y dando unos golpecitos de estilo cuartelero le pidió cortésmente a la enfermera que depusiera su actitud que a nada bueno conducía. La citada soltó un alarido que hizo brincar al hombre invisible de su asiento. Y no es que estuviera especialmente histérica, es que puestas las cosas así, no veía la pobre como salir del embrollo sin simular un fuerte ataque de lo que fuera.

Las vecinas entraron en tropel. Hija, hija, sal, sal. Gimieron fervorosas como si no les importara un pimiento el suceso. Anda hija, bonita, sal. Nuevo chillido justo al límite de lo soportable sin tirarse por la ventana.

—¡Avisen a un médico, hombre! —exclamó enfadado el hombre invisible. 

—Sí, claro —se dijeron las unas a las otras.

—¡Doctoor! —berrearon a coro—. ¡Doctoor!

—A esta la despido yo —venía diciendo el mencionado.

—¿Qué?, ¿no sale? —le preguntó al portero.

Este negó con la cabeza. Casi estaba firmes.

—¡Fulanita! ¡Está despedida! —gritó el doctor González.

Se abrió la puerta del baño y asomó la cabeza la enfermera.

—No tiene derecho —se quejó.

Y entonces comenzó a llorar de nuevo pero con verdaderos motivos. Lo cual destrozó los nervios al hombre invisible que dijo en voz alta:

—¡Esto no hay quién lo aguante!

—¡Desde luego! —le confirmó el doctor. Y viendo tanta concurrencia exclamó:

—¿Y ustedes qué hacen aquí?

El portero se cuadró pero sin taconazo.

—Yo, Don José...

—Esta señora ha sufrido un ataque —dijo una de las vecinas.

El doctor miró a la señora de arriba abajo.

—Pero..., ahora..., no puedo, ya ven lo que tengo...

—Desde luego ese no es motivo para despedir a la chica intercedió la señora soponciada.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo el hombre invisible.

Y entonces sucedió lo que tenía que suceder. Se hizo un silencio más pesado que la losa del Caudillo. Se miraron todos a los ojos. La enfermera levantó el índice y señalando al sofá dijo con voz entrecortada:

—¡Lo ven! ¡Eso es lo que me ha paso a mí. ¡Aquí hay alguien que habla!

El portero movió la cabeza a ambos lados con cierto aire inquisitivo y profesional, pero en realidad estaba cagado de miedo.

La vecina y la vecina segunda se abrazaron trémulas. La señora del ascensor musitó:

—A mí se me abrió la puerta sola...

—¿Qué...?

—¡Cómo lo oye, doctor! Aquí hay alguien... 

El doctor González no daba crédito, pero para aclarar sus dudas, el hombre invisible al tratar de escabullirse derribó una bandeja en un infernal estrépito. Todos gritaron.

Fulanita corrió hacia la puerta de salida y con gran decisión la cerró con llave.

—¡De aquí no sale nadie! —y esta era su única esperanza de no perder el empleo.

Las dos vecinas se habían refugiado tras la mesa. El portero tenía en sus brazos a la señora del ascensor y el doctor González había tomado subrepticiamente un bisturí de reglamento.

—¿Quién anda ahí? —rugió.

—¡Tranquilos, tranquilos! —pidió el hombre invisible acojonado por el cariz que tomaba la cosa.

—¡El demonio! —gritó la señora del ascensor apretándose contra el portero, quién en un segundo pasó del canguelo al heroísmo por mor del amor.

—¡Déjeme usted a mí! —gritó el portero. Y soltándose de la señora del ascensor, quién al verse sola fue a abrazarse al doctor —lo que no le gustó nada al portero—, soltándose, digo, comenzó a dar papirotazos al aire sin ningún resultado pues el hombre invisible reptaba por el suelo en dirección a la salida, donde Fulanita montaba decidida guardia.

Tras un buen rato de manotazos y como ningún otro suceso sobrenatural aconteciera, los presentes se calmaron y comenzaron a tomar color. El doctor González le pidió a Fulanita que abriera la puerta para que todos pudieran salir. Ocasión que el hombre invisible aprovechó para marcharse con viento fresco. Pero la cosa no quedo aquí, pues de todas formas Fulanita perdió su empleo pues el doctor cerró la consulta y se fue de vacaciones con su amante. El Portero y la señora del ascensor terminaron por enredarse en el descansillo del entresuelo y fueron sorprendidos por una de las vecinas quién lo corrió a viento y marea hasta que se enteró el marido de la señora quién agarró de la pechera al portero y encima consiguió que lo despidieran.

Y el hombre invisible no volvió a tener tentaciones de tal calibre, consolándose en soledad de sus dolencias, hasta que un día se topó de narices con Fulanita y siguiéndola y llegados al portal donde vivía ésta, se lo contó todo entre el justificado asombro de la ex—enfermera y las disculpas del hombre invisible. Y tan bien se explicó nuestro héroe que al terminar su historia y algunas palabritas después, ya eran novios formales. Y Fulanita le prometió que cuidaría de él. Y una semana después se besaban en el portal.

En Vallecas, 1980