S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

El cómplice melancólico. (2)

De Honorio.

- 6 -

Condujeron toda la noche, apenas una parada para reponer combustible y tomar un tentempié con el que aguantar hasta Ayamonte. La Guardia Fiscal les expidió un visado para un corto periodo. Desayunaron café y gruesas tostadas. A pesar de la dura jornada, Leo aún se vio con fuerzas para seguir hasta más allá de Faro, algún pueblecito tranquilo, quizá Sagres. Leo notaba las palmas húmedas: ¡el mar! ¡Thalassa! Y aunque encontró la evocación un poco estúpida, le gustó. Los diez mil oliendo el mar, el mar griego, corriendo en busca de la patria. Ahora ellos difícilmente tenían patria. ¡Eran asesinos!

Virginia se durmió acunada por el Sol sureño de principios de invierno, con ese sueño narcótico que afecta al agotado una vez que las emociones que impiden dormir se diluyen con el tiempo. Leo aguantó al pie del volante. Una vez hubo de agitar la cabeza y parpadear, y tampoco se asustó por haber conducido durante unos segundos con los ojos cerrados. Movía el cuello, tensándolo y destensándolo, trataba de mantener la circulación de la sangre. En un recodo de la carretera vio el mar. Despertó a Virginia para comunicárselo.

Ella sonrió, despertaba a la luz, ¿quién sabe qué soterrados pensamientos habían acompañado su sueño? Pero sonrió con sinceridad. Estaba más animada.

—Podríamos comer pescado... Un hermoso y fresco pescado asado. Y después una siesta en un hotel.

El paisaje era hermoso, todo el colorido del Algarbe, pueblos cálidos y bosquecillos.

—Fíjate —dijo Leo—, hasta se puede uno bañar.

—Yo no sé nadar —reconoció Virginia.

—Es igual, te puedes remojar un poco.

—Sí. En alguna playa vacía.

Así fue, El Sol lucía y la arena levemente mojada invitaba al paseo. Leo se quedó en mangas de camisa.

—De buena gana me quedaría aquí dormido.

Soplaba un viento raro, caliente y salitroso. Luego se fueron a comer a uno de los restaurantes del pueblo, un lugar pequeño y tranquilo. Comieron una caldeirada y unas gigantescas lúas a la plancha, bebieron vinos de la tierra y se despacharon con el fuerte café de que gustan los nativos del país. Leo dejó una propina que hizo salir al dueño hasta el coche y abrirles las puertas. Les dio las gracias en la bella manera portuguesa.

Encontraron un hotel para dormir, una siesta que se prometieron no interrumpir hasta la mañana siguiente. El Hotel daba al mar, podían oír el rumor de las olas rompiendo contra el acantilado. Leo quiso dejar la ventana abierta. El arrullo de las olas —dijo—, pero ella se quejó de la humedad y finalmente la cerraron. Entonces fue como si la luz atardecida se hubiera entristecido un poco, aunque, por contra, daba a la habitación una sedante sensación de paz. Había dos camas separadas por una mesilla, las abrieron para orearlas. Dudaban en silencio si dormir juntos o separados. Leo no dijo nada de cierta aprensión que le embargaba, no sabía qué era o de dónde nacía, pues no encontraba en las escenas pasadas, exactamente la causa, sino que tenía un origen más físico. Virginia, a su manera, entendió también ese momento de duda.

—Yo dormiré en esta —dijo resolviendo la cuestión.

Se desnudaron, Leo completamente, ella se puso una camisa por encima. Cuando vio nuevamente su brazo izquierdo, le entró un notable desasosiego. ¡Aquel brazo! Tan extraño al cuerpo. Viniendo quizá de otro mundo, un injerto de una dimensión más patética. Con la facilidad de la costumbre, Virginia ocultó rápidamente esta parte y bajó la persiana dejando la habitación en penumbra.

—Así esta mejor —dijo.

A Leo le costó coger el sueño, caía a intervalos en sopores demasiado lúcidos, con profundas y brillantes ideas, aunque sólo eran el producto de su agotamiento, pues estando el cuerpo tan obligado a vivir sin descanso, ahora se negaba a morir un poco. Al fin lo consiguió, luego de algunas vueltas en la cama. Soñó con Carlos, un Carlos vivo pero con una herida seca y horrible en la cabeza. No estoy muerto —le dijo el joven., he venido para recordarte quién es ella. Déjame... —rogaba Leo—, y trataba de alejarse, pero Carlos le alcanzaba y le enseñaba la llaga, que estaba llena de gusanos. No estoy muerto —repitió—, es sólo que se ha infectado. Ves..., son los microbios. Y explotaba un gusano entre los dedos, que era de sangre, sangre encuadernada. Luego cogió algunos puñados y se los llevó a la boca. Tengo que alimentarme —dijo sonriente, manchados sus labios de sangre—. ¡Ten cuidado! Ella también tiene la infección, una peste escarlata, una muerte roja. Y entonces apareció Virginia con su camisón desgarrado y sangriento. Sonreía agitando su brazo perverso, y acercándose le acarició. El brazo cambiaba, se volvía blanco, perfecto de forma, sin mácula ni deformidad, y según esto ocurría, el resto del cuerpo se transformaba, se secaba haciendo la piel encarnada y lisa, sin vello, como vieja y enorme quemadura. Los senos arrugados y puntiagudos, de largos pezones, los labios lívidos en la cara escarlata, los dientes rojos. Quiso alejarse, pero sus piernas no le obedecieron. Ella cogió su pene, seccionado sin sangre ni dolor. Trató de quitárselo y pegarlo de nuevo, pero le desapareció entre las manos. Carlos y Virginia se besaban, después caminaron hacia el mar, adentrándose en las olas hasta que, teñidas de rojo, les engulleron.

Despertó sudoroso pero frío, no sabía si taparse aún más o si por el contrario debía aligerarse de ropa. ¡Aquella humedad! Virginia dormía silenciosa. Miro el reloj, medianoche. Quedaba mucho tiempo todavía. Sin embargo, se sentía febrilmente activo, fue al servicio y se lavó la cara, comprobando sus genitales sin saber por qué. Al mirarse en el espejo vio que había adelgazado, profundas arrugas surcaban sus mejillas, y bajo los ojos se dibujaban semicírculos azules. El pelo revuelto y la cara de sueño le devolvieron una imagen desagradable de sí mismo. Se peinó con la mano, la barba le picaba por los lados. Orinó luego a chorros certeros contra la loza, algunas gotas cayeron fuera.

Dio unas vueltas por la habitación dudando si volverse a acostar, pero al cabo, todas sus miradas convergieron sobre ella, dormida y cubierta por el embozo hasta la cabeza.

—Matas a tu hermano gemelo y duermes como una bendita —murmuró.

Acercó una silla y se sentó a contemplarla. No se oía un solo ruido en el hotel. Sintió algo de frío pero no se movió. ¿Cómo puede dormir así? Y tuvo por un segundo la idea de que las culpabilidades no eran el punto fuerte de su compañera de habitación.

Ella se dio la vuelta en la cama y abrió los ojos.

—¿Qué haces? —le preguntó adormilada.

—Te miro, ¿dormías?

Virginia no contestó, le observaba desde el lecho. Luego abrió un poco la sabana:

—Anda ven...

Se abrazaron entrelazados, pecho contra pecho.

—Tuve otro sueño —confesó Leo—, un sueño horrible.

Virginia le besó en el cuello, suspiró:

—Olvídalo todo.

Le asombraba la capacidad que tenía para adaptarse. A veces parecía no tener sentimientos. Dura y sólida. Inclemente, férrea en sus decisiones y actos.

Virginia le acariciaba, primero lentamente, luego con más pasión, hasta que algunos jadeos apresurados le indicaron su deseo, su disposición. A Leo no le agradó, el poso de su reciente pesadilla y algo más, le desarmaba. Pero ella no se dio cuenta, se agitaba poco a poco en el abrazo, arrimándole las caderas con ardor.

Leo —musitaba—, Leo...

Se había quitado la camisa y arrullándose como un gato en la tripa de Leo, le besaba el pene. Esto hizo que Leo acrecentara su vigor, tomó sus senos y los hallo blandos y suaves, y sus pezones de adolescente, deliciosos. Virginia se enderezó a horcajadas de sus flancos.

—Entra, por favor —le pidió.

Y no lo decía como si de una simple petición se tratara, sino encareciéndole tal acción en aquel momento. Demostrando que aquella entrada en su intimidad era lo más importante de sus anhelos. Pero a Leo le faltaron fuerzas. Sentía la repugnancia de algo ignoto.

Se detuvieron en sus afanes. Virginia tenía una mirada interrogante que sin decir nada parecía pedir explicaciones.

—¡No sé...! No es el momento.

En el silencio que siguió, Leo fue arrebatado por una vorágine de funestos pensamientos, eran los de ella misma, transparentes como el agua. Aquella expresión de dolor, semblanza de desesperación, le entró como una droga.

Virginia se levantó y se fue al baño, oyó la ducha en sordina. ¡Mierda! No era el momento —se justificó—. Sentía comezón en los genitales. Se cambió de cama y arropándose bien con las mantas quiso dormir, se encontraba deprimido. Entonces oyó sus lamentos. Se acercó a la puerta del baño y le pareció que Virginia se estaba masturbando. Y se estremeció.

Cuando despertó, el Sol se colaba por las rendijas de la persiana a trazos paralelos y amarillos, el polvillo del aire subía y bajaba existiendo sólo por efecto de la luz. Se rascó la cabeza deseando una ducha. Virginia ya se había levantado, su cama estaba vacía. Eran las once de la mañana. Tampoco estaba en el baño. Abrió la ventana dejando que el día entrara en la habitación, y también entraron las olas y su incansable batir. Se duchó pensando que estaría abajo desayunando. Sentía cierta tristeza, una tristeza que le disminuía como ser humano.

En el salón desayunaban pocas personas, españoles también, pero ella no estaba. Salió muy temprano —le informó el camarero—. No sabía a dónde. Como tenía apetito se desayunó abundantemente. Encendió un pitillo y se dijo que de estar en algún sitio, sería la playa. Caminó por las calles del pueblo pasando por el muelle de los pescadores. Había poca actividad, turistas haciendo las fotos de rigor. En la playa, algunas gaviotas tiznadas, agrupadas y pisoteando la orilla de una pequeña ría, alzaron el vuelo a su llegada pasando sobre su cabeza como un escuadrón. Tampoco estaba allí. Paseó largo rato por la arena dando patadas a las caracolas y pisando conchas vacías, crujían agradablemente bajo sus zapatos. Horas después regresó al hotel. No había regresado aún, se enfureció, ¿qué juego se traería ahora? ¿se hará la dolida? ¿le reprochará alguna cosa? ¡No era para tanto! Tenían tiempo por delante para entenderse a gusto, si es que tenían por qué entenderse. ¡Bah!, mujeres..., valoran las cosas a su gusto, hacen castillos de granos de arena y pasan de largo delante de los sucesos realmente importantes. ¡Que vuelva cuando quiera! Y con estos pensamientos se marchó al pueblo con aviesas intenciones. Entró en una tienda, una confitería, y compró por curiosidad una botella del aguardiente local y una de J.B. Abrió la de aguardiente y se dio un trago, peor que el nuestro —se dijo—. Pero aún se dio algunos más.

Según iba bebiendo se iba enfadando. Deliberadamente no volvió a comer al hotel, lo hizo en una tasca marinera. Los parroquianos le contemplaban con interés, observaban del todo sorprendidos las tres botellas sobre la mesa, la de vino casi acabada, mediada la de aguardiente y la de güisqui sin abrir. Se comió una urta y una ensalada duramente sazonada. Fue terminando de comer cuando le asaltaron los remordimientos: ¿tendría ella dinero para hacer lo mismo? ¿No estaría ahora esperándole desconsolada en el salón del hotel? Quizá se alejó demasiado por la playa y se le había hecho tarde para volver. Pagó con prisas y metió las botellas en una bolsa que le proporcionó el tabernero. Con paso apresurado se dirigió al hotel, por efecto del alcohol ingerido no lo hacía muy seguro, se fumó unos pitillos por el camino. Todavía le dolía la rodilla de los golpes que se dio en la nieve, pero lo ignoró.

No había vuelto, y no se enfureció, se asustó. Las cuatro de la tarde, ¿dónde puede estar? El recepcionista le aconsejó que fuera a la policía. Yo mismo, si quiere... —se ofreció—. Leo cogió el coche y recorrió, nervioso, las calles del pueblo, incluso preguntó a quienes le parecieron más discretos. Fue nuevamente a la playa y, baja la marea, rodó por la arena mojada hasta que ya muy lejos, una ría le impidió seguir. Allí se detuvo.

Abrió la botella de J.B., el aguardiente le producía acidez, le deprimía. Tiempo después, regresó al pueblo y aparcó en la plaza. Algunas gentes le observaban entre cuchicheos. Volvía la cabeza a uno y otro lado esperando encontrarla a cada mirada, saliendo de una bocacalle o pasando una esquina. De pronto, tuvo una idea. ¡Claro! Tenía que estar en la habitación del hotel, escondida en algún rincón, como una avestruz. ¡Le venía de familia! Y la maldijo a pesar de la esperanza. Arrancó y dio la vuelta a la plaza a todo gas, ante el asombro de los transeúntes. El recepcionista trató de decirle algo mientras subía las escaleras, pero no le escuchó, aunque pudo divisar un hombre trajeado, hablando con el empleado. No había nadie en la habitación, ni en el baño, ni en los armarios, ni en ningún sitio.

Llamaron a la puerta y entraron: el recepcionista y el hombre del traje. Un traje de entretiempo, gris y mal cortado. Era policía, le habían avisado desde el hotel. Con mucha cortesía, le pidió una descripción de Virginia, asegurándole que la encontrarían y que no se preocupara. No tenía excesiva curiosidad, más allá del mismo caso. En el fondo hasta era un tipo simpático, aceptó un cigarrillo y le proporcionó un teléfono para comunicarse. Mejor que no se mueva del hotel —dijo—. Así no tendremos que buscar a dos. Hablaba un buen castellano. Había vivido no sé dónde y hasta tenía parientes en Huelva.

Fue un largo atardecer y más todavía la noche que siguió. Leo se emborrachó sin ningún cuidado, impidiendo que los pensamientos le acometieran. No quería hacerse ninguna cábala sólo quería verla aparecer por la puerta, como fuera. Las horas pasaron, las luces perdieron intensidad, los clientes le miraban con cierta pena, le señalaban desde la distancia. Le importó un bledo. Notaba el estómago anudado, pesado como un balón. Aquel aguardiente le había sentado mal.

La mañana le sorprendió dormido sobre la mesa del comedor. Nadie se había atrevido a despertarlo. Le dijeron que la policía seguía sin noticias y que querían la dirección de Virginia en España, pero les dio la suya propia. Al tercer día de espera decidió marcharse. En su interior había calado ya una idea de la que no podía librarse: ella estaba muerta. Se la imaginaba entrando en el mar hasta morir ahogada. Desesperada y culpable. El motivo detonante, aunque no principal, de tal acto, era sin duda su fracaso sexual.

Decidió volver a Madrid y seguir su vida normalmente hasta que el azar le encadenara a los hechos. Fatalista, pensaba que este era su sino, y como tal destino y como pena a cumplir, se dispuso a marchar. Nada dijo de sus sospechas a la policía portuguesa. Para ellos, Virginia ya estaría en Madrid. Créame —le dijo el policía—, la mayor parte de las veces sucede así.

Pero Leo no le hizo caso. Estaba seguro de que la historia terminaba así: muertos los dos hermanos, ambos por su culpa, al fin y al cabo. Ahora, se trataba de aceptar un epílogo que probablemente no pasaría por su vida como los hechos anteriores, caería sobre él como una máquina de hacer justicia.

- 7 -

Berto manejaba la coctelera con la pericia del profesional que era, la agitaba una y otra vez con un temblor no exento de arte. Frente a él, Leo apoyaba los codos en la barra. No tenía buen aspecto, la faz pálida, la barba sin arreglar, el pelo descuidado.

—Verás como esto te anima —le dijo Berto—. No quiero verte con esa cara. Parece como si el duende de la melancolía se hubiera apoderado de ti... —y añadió—: Luna de plata de melancolía aléjate de mi amigo.

Y le sirvió el cóctel, que era dorado como un vino fino.

—¿Qué me habrás echado...?

—¡Un poco de alegría, hombre! Que desde que volviste de Portugal no pareces el mismo.

—¿Sabes que tenía el pelo del color de esta bebida?

—Ya me lo has contado.

—¡Calla...! Tenía el pelo claro y los ojos azules, profundos como un remolino. Su espalda era lisa y blanca y su pubis rubio. Hablaba siempre con voz apagada, excepto cuando se enfurecía, entonces sacaba a relucir su verdadero carácter, se transformaba.

—Anda, tómate eso... Y si te portas bien te invitaré a una línea, algo especial que he pescado por ahí.

—En ti confío.

—Sí, eres mi mejor cliente, pero a veces desbordas mis posibilidades. Estás delgado, amarillo, tienes los ojos turbios y hace tiempo que tus dientes no ven la luz, ya no sonríes como antes, y es una pena, porque tenías una bonita sonrisa, ahora, cuando quieres hacerlo, te sale una mueca enmarcada por esas dos arrugas que trajiste de Portugal, hasta tienes algunas canas en la barba.

—¡Desaparecida! —dijo Leo al recordar la llamada telefónica del policía portugués—. ¡Qué tontería! Se adentró en el mar y caminó entre las olas hasta que una más grande se la llevó al fondo. Y no con un rictus de agonía, sino con la calma de la premeditación, de aquellos que lo hacen por necesidad, por descansar. Sólo que hubiera debido avisarme, quizá le hubiera acompañado.

—No digas bobadas —exclamó Berto, disgustado por sus palabras—, ella no te importa, lo que pasa es que te sientes culpable...

Pero no terminó la frase porque se volvió para ver a los dos hombres que entraron en el local. Eran altos e iban bien trajeados. Uno de ellos, el más joven, llevaba un bigote, notable por lo espeso, pareciendo un filósofo de otra época más racional. El otro, maduro, peinaba canas y aunque seco y estirado, tenía el porte de un caballero. Saludaron con discreción y buscaron un lugar apartado.

Berto los miró con desconfianza. Leo ni se volvió, es cierto que esperaba la visita de la policía desde hacía tiempo, una semana escasa de su llegada de Portugal, y no habiéndose decidido por nada, ni siquiera por comunicarse con la familia de Virginia, aguardaba el desenlace de los acontecimientos, como habitualmente esperaba la llegada de fin de año, con indiferencia. Nubladas sus ideas por el alcohol y concentrado en sus recuerdos, no quería más compañía que la de Berto, lo que tampoco iba a impedirle enfrentarse tranquilamente con los hechos.

Los recién llegados bebieron ginebra seca. ¡Buen estómago! se dijo Berto. Y mientras servía miró de reojo tratando de adivinar qué podrían buscar semejantes personas en su bar. No eran precisamente el tipo de clientes que deseaba. La gente bien trajeada y de aspecto respetable le infundían sospechas. Observaban el local sin disimulo, y en sus gestos, Berto reconoció el disgusto que tan siniestra decoración les producía. No es que el esqueleto dentro de la armadura les desagradara o que el gran Árbol de la Vida, pintado en el techo por un discípulo del inefable Crowley, les intimidara, pues seguramente carecían de la sensibilidad y del conocimiento para interpretar uno solo de los símbolos que por doquier adornaban el patético, pero acogedor, bar de Berto. Quizá fue la reproducción del cuadro de Max Ernst: "El atavío de la novia" lo que más llamó su atención. Ciertamente que la novia representada por Ernst no era para una boda cualquiera, con aquella cabeza emplumada como un capuchón de insólita lechuza y arropada por un manto de plumas que dejaban admirar su esbelto y sensual cuerpo, altar propiciatorio para el terrible pájaro de los diez penes espolones. Y finalmente dirigieron sus miradas a la barra y pasándolas entremedias de Leo, se maravillaron, eso sí, del monumental bajorrelieve labrado en madera policroma del gran dios Abraxas.

Bebieron de sus copas y cruzaron algunas palabras que Berto se perdió. Llegado éste a la barra, elevó un poco la música, sonaba Karl Orff, lo suficiente para hablar con Leo sin ser oídos.

—Oye Leo, creo que tienes visita, pero no te vuelvas.

Para qué lo hubiera dicho. Leo se volvió como un resorte, los vio y ellos también. Inesperadamente dio unos pasos y se les acercó.

—¡Señores! —dijo—, si me buscan, aquí me tienen —y extendió las manos en el gesto del esposado.

—¡Leo! —exclamó Berto confundido.

—¿Y quién es usted? —preguntó el joven del bigote.

—¡Soy el que buscan! Leo el cobarde, el alcohólico, el desolado Leo que no tuvo fuerzas para adentrarse en el mar detrás de ella.

—¿Detrás de quién, amigo? —preguntó ahora el caballero maduro.

Pero Leo perdió su mirada en el recuerdo, las paredes del bar de Berto no pudieron detenerle, salió a la calle su vista y cruzó las montañas hasta el mar y sumergiéndose en las olas buscó su cuerpo mecido sobre el limo marino, reposando en paz, en eternidad.

—De ella, la de la exótica belleza y extrañas proporciones. Bien saben ustedes a quién me refiero. ¡Vamos, no pierdan su tiempo, ¡encadénenme! —y hacía de nuevo acto de dejarse esposar.

—Vamos, vamos..., Leo —irrumpió Berto tratando de apartarle—. No molestes.

—El hombre de más edad se levantó del asiento.

—Al parecer le sacude un gran pesar, ¿Quiere usted sentarse con nosotros?

—Claro que me sentaré —repuso Leo—. Me sentaré toda la vida con ustedes, no volveré a levantarme jamás.

Leo parecía preso de alguna locura o idiotez. A Berto se le puso un nudo en la garganta. Aquella reunión iba a terminar muy mal, más con un comportamiento tan extravagante como el que estaba demostrando Leo.

—¿Por qué supone que venimos en su busca? —preguntó el más joven.

—Sé muy bien quiénes son, conque quitémonos las caretas y hablemos con claridad.

—¿Y quiénes somos? —inquirió el caballero—.

—Usted es el padre..., el padre cruel que abandonándola la dejó en manos del destino fatal. Y usted —y señaló al joven del bigote—, es un simple policía.

No parecieron acoger con agrado estas menciones.

—Entonces, siendo yo el policía, y siendo mi acompañante el padre, usted es el cómplice que buscamos.

—Cierto, señor mío. Yo soy.

—¿Qué tipo de cómplice? —quiso saber el padre.

—Cómplice por omisión. Bien lo saben ustedes que vienen por mí.

El caballero encendió un pitillo, usaba un encendedor de oro que al cerrase producía un sonoro chasquido. Se encontraba intranquilo y se olvidó de ofrecer, fue el joven quien lo hizo. Durante un instante callaron todos.

—Sí, es cierto que buscamos a alguien —dijo el policía—, pero más que buscarle, lo que queremos es oírle, escucharle.

—¿Quieren escucharme?

—Así es.

Leo se volvió hacia Berto que detrás de ellos se mantenía a la expectativa del desenlace.

—Trae bebida para estos señores, se acaba de formar mi tribunal.

A Berto no le gustaron estas palabras, en realidad no le gustaba nada de lo que allí estaba ocurriendo, pero recogió un par de botellas, acercó una silla y luego que hubo echado el cierre a la puerta y no habiendo más clientes, dijo sentándose:

—Sírvanse, acabo de cerrar el local.

—Quedamos en que era usted cómplice por omisión —recordó el padre a Leo—. Eso me lleva a pensar que hay algo que no hizo y que debería haber hecho para evitar un mal.

—Exacto. Tuve en mis manos la vida de dos personas, podía haberlas salvado y sin embargo no lo hice, no fui capaz de interpretar ni uno solo de los presagios que el azar y hasta mis propios sueños me procuraban.

—¿Dos personas, dice usted?, ¿de qué dos personas habla? —preguntó el policía.

—De Carlos y Virginia, naturalmente.

—¿Qué dice, desdichado? —exclamó el padre—. Virginia se encuentra perfectamente, y en cuanto al desgraciado accidente de Carlos...

—¿Ella...? —le interrumpió Leo—. ¿Está viva?

—Desde luego —aclaró el padre con una mirada de censura, casi de desprecio.

—¡Está viva! —gritó Leo—. ¡Berto, está viva! —y alzándose bebió un largo trago.

Vino a verme hará unos días —relató el padre—. Hube de sacar fuerzas de flaqueza para hacerme cargo de toda la situación. La tragedia me desbordó. Joven, no estoy en condiciones de censurar a nadie, pero su actuación me repugna. ¿Cómo tuvo la suficiente sangre fría y falta de humanidad para quemar la casa?

—¿Y qué podía hacer? Me sentía tan culpable como Virginia. Por otro lado, me pareció un buen funeral para el pobre Carlos. Sepa que yo le tenía aprecio.

—¡Cállese! —le interrumpió el policía—, no sólo se culpabiliza usted mismo, sino que se pueden formular otros cargos. Incendió la casa, ¿no se le ocurrió pensar que era propiedad de alguien?

—¡Al diablo, la casa! ¡Nada de eso importaba allí! Carlos estaba muerto. ¿Hubiese preferido que lo enterrara en la nieve?

—Es usted un hombre adulto, por tanto no dramatice ni haga especulaciones fantasiosas. Se le podía haber pasado por la cabeza, simplemente, pedir ayuda. Su comportamiento me parece detestable.

—¡Calma! —pidió el padre—. Hemos venido a escucharle, aunque creo que antes deberíamos explicarle los últimos hechos. Virginia se presentó en un estado lamentable tanto mental como físico. Me contó lo del accidente y confieso que no la creí hasta que el señor N. —y señaló al joven policía—, desplazado al lugar, lo corroboró. Imagine lo que se me vino encima, hube de recurrir a todas mis amistades. A Virginia y tras un examen médico, la interné en un buen sanatorio. El juez, en consideración a lo especial del caso y a la amistad que me une al señor N., ha certificado la muerte accidental de mi hijo. Como comprenderá no deseo ninguna publicidad y trataremos de echar tierra al asunto. El señor N. se ha ocupado de todo lo referente al entierro de Carlos y nada ha trascendido a la prensa. Sin embargo, usted es nuestro punto más flaco, por ello estamos aquí, para proponerle un acuerdo que de llegar a producirse significaría la inexistencia de cargos contra usted. Me ahorraré de paso la censura que sus acciones me inspiran en beneficio de mi hija y mi familia.

Y ya parecía dispuesto a iniciar unas negociaciones más calmas, cuando añadió:

—¿Qué le hacía suponer que estaba muerta?

—Ya no tiene importancia —respondió Leo, abrumado por lo que oía—. ¿Dónde está?

—Virginia no quiere volver a verle —aseguró el policía—. Nosotros le ofrecemos un pacto: su exculpación a cambio de su silencio, más la garantía de que nunca volverá a verla. Por contra, quedará libre, si bien y para nuestra completa tranquilidad, apreciaríamos como gesto de buena voluntad que abandonara la ciudad, en cuyo caso estaríamos dispuestos a remunerarle en alguna cantidad. ¿Qué decide?

Leo no contestó, se encontraba desconcertado, no por el desprecio con que se sentía tratado, era que la tragedia se había desmoronado, quedando reducida a que ella estaba viva, encerrada, y no quería verle.

—¿De lo contrario...? —se atrevió a preguntar Berto ante el mutismo de Leo.

—¡No hay de lo contrario! —respondió el padre con firmeza—. ¡Le aniquilaría! Pueden estar seguros.

—En tal caso aceptamos —dijo Berto, tomando la responsabilidad del indeciso Leo.

—¿Qué dice usted? —le preguntó directamente el policía.

—Acepta —le pidió Berto—. Estás pillado.

—De acuerdo —murmuró.

—En ese caso, y como garantía de su palabra, deberá firmar aquí —y extrajo un papel doblado del bolsillo de su chaqueta.

—¿Qué es eso?

—Una declaración policial donde reconoce los cargos de denegación de auxilio y destrucción de propiedades. Sólo la usaríamos si usted rompiera el acuerdo. Lo cual espero no ocurra nunca.

—Joven —terció el padre—, sé que ha sufrido por culpa de esta desafortunada historia, pero deje correr la vida sin añadir más leña al fuego. Es posible que todo esto le parezca inusual, pero ya nada tiene que hacer con Virginia y lo sabe. Firme, y separémonos hasta nunca con la impresión de ser actores de un mal momento de nuestras vidas, del que sólo las naturales secuelas queden, sin añadidos de orgullo, resquemor o morbosidades de las que no hablaré.

—Anda firma —le rogó Berto.

Leo firmó. Extendió su rúbrica sobre aquel folio escrito a máquina sin ni siquiera leerlo. Después, el policía le dijo a Berto:

—En cuanto a usted, y pareciéndome un hombre razonable, se me ocurre que evitará todo rumor o maledicencia, y para que sepa lo interesado que estoy en el caso, y también se lo digo a usted —aquí se dirigió a Leo—. Yo fui amigo de Carlos y por tanto conozco bien a Virginia, le profeso un afecto personal que va más allá de estas circunstancias. Por tanto, no consentiré que esta historia trascienda de los aquí presentes y aún me parecen muchos. Pero no pudiendo evitarlo, sí trataré de conjugar sus voluntades. Si existiera, Dios no lo quiera, la más mínima intención de faltar a lo aquí pactado, sepa que le cerraría el local, cuestión nimia en mis atribuciones, y hasta le formaría un proceso por tráfico de drogas, actividad ilegal de la que sabemos hace usted su beneficio principal.

—¡Pero...! —balbució Berto.

—¿Contamos con su silencio?

—¡Naturalmente! Si mi amigo ha firmado, no voy yo a interferirme en sus deseos, siendo como soy el mejor de todos ellos.

—Pues entonces y como esperábamos, ha sido grato poder llegar a un acuerdo. Tome mi tarjeta y venga a verme si surge algún problema. Y recuerden... —y agitó la confesión.

Cuando se hubieron ido, Leo llenó su vaso hasta el borde, quería llegar al límite de sus fuerzas.

—¡Vale ya! —le reprochó Berto.

—¡Déjame!

—¿Oíste lo que dijo ese estúpido policía?: "y como esperábamos ha sido grato..."

—No les creo —aseguró Leo—. No puedo creer que ella no quiera volver a verme.

—Pues parece lógico, de lo contrario no te hubiera abandonado en Portugal.

Leo hizo un gesto nervioso. Los ojos le brillaban al contraluz.

—Pasaron cosas..., pero ellos mienten. La han encerrado en un sanatorio, la han anulado, quieren separarnos por algo. Ese tipo tiene interés sobre ella.

—Tú me dirás... Quieren que lo de Carlos parezca un accidente. O quizá, hasta ella misma les contó la parte que le interesaba. En cualquier caso, has firmado, se acabó todo, dedícate a pensar en otra cosa... ¡Y deja de beber como un loco!

—¡Qué hipócritas!

—¿Y qué?, ¿prefieres que te acusen?

—Sí, que salga toda la mierda a relucir.

—Sería tu fin..., y el mío, ya les oíste, esa gente no perdona... ¡Traficante!, por unos miserables gramos a la semana.

—¡Tengo que hacer algo!

—Olvidarlo, ¿qué vas a hacer si no?

—¿Dónde la tendrán recluida?

—No, no, no..., que te veo venir. Nada de eso, amigo Leo. Yo me desentiendo. Comprenderás que me juego mucho. No puedes romper el pacto. ¿Pero por qué me metería yo en esto?

—Escucha Berto —insistió Leo—, la buscamos, hablo con ella y termino con todo. Pero compréndeme tu a mí, la creía muerta... Tengo que verla, verla al menos. Después lo olvidaré, te lo prometo.

Berto se asustó, cogió la botella y se sirvió un buen vaso, se lo bebió de un trago, sin mirarlo. Los pies se le deshacían en el suelo. Sabía que era incapaz de negarse a las intenciones de Leo, a estas o a cualesquiera otras. No sabía por qué, pero así era.

—¿Estas decidido a hacerlo, a pesar de lo que nos puede pasar?

—Sí, ya sabes que sí.

Llamaron a la puerta en ese momento, se quedaron tiesos. Berto abrió. Era Arturo.

—¡Bah...! ¡El pianista de los dedos de oro! ¿Pero tu no estabas con la poetisa? —le gritó.

—¡Me ha dejado!

Berto se rió, aliviaba así la tensión, porque el pobre Arturo puso una cara tan dolida que, más que compasión, inspiraba risa.

—¡Esta sí que es buena!

—No le veo la gracia —contestó Arturo, que tenía un aspecto deplorable.

—Arturo, amigo mío —dijo Leo—, has llegado en el preciso momento... ¿Necesitarás dinero, verdad?

—Tú me dirás... Estoy sin blanca desde ayer.

—¡Pues aquí está lo que necesitas! —y Leo sacó varios billetes—. Sólo tienes que hacer lo que te digamos.

- 8 -

Arturo el pianista tuvo mucha suerte en sus investigaciones, encontró al poco tiempo un sanatorio en la sierra y luego de otras investigaciones pertinentes, corrió a informar a sus amigos. Había mejorado su aspecto en los últimos días y poseído de una fiebre detectivesca, se endosaba, a saber de dónde la había sacado, una amplia gabardina a la que gustaba subir el cuello, unas gafas oscuras completaban su atuendo. Berto no pudo evitar una carcajada cuando vio tales guisas, pero tras una pequeña reflexión le pareció que era como ponerse un cartel que dijera: "estoy haciendo el indio por ahí con el dinero de mis amigos, y además, poniéndonos a todos en peligro".

—He sobornado a uno de los celadores —dijo—, sólo tuve que invitarle a beber, se fue de la lengua, luego le ofrecí dinero. Le conté una historia de esas románticas. Dejará una ventana abierta y también la habitación sin cerrar. Pero salió muy caro.

Y aficionado a su nueva profesión soltaba las palabras como si de secretas confidencias se tratara.

—Encuentro esto más entretenido que tocar ese maldito piano —le decía a Berto.

—De eso se trata, porque nos estamos jugando tu empleo y mi bar. ¿Y además, cuánto le has dado a ese tipo?

—Cien.

—¿Cien mil? ¡Tu estás loco!

—A ver si te crees que la gente pone en peligro su empleo por cuatro perras.

—¿Cómo está aquello para entrar? —preguntó Leo, amoscado por los inútiles diálogos que mantenían sus amigos.

—Tendrás que saltar la valla y cruzar el jardín, hay un celador o una enfermera por planta, pero normalmente se echan a dormir. La puerta de su habitación estará "casualmente" abierta. Dispones de una hora.

Se trataba de un manicomio para ricos, no uno de esos lugares para desahuciados. Contaba con toda clase de lujos y comodidades. Locos de postín, casos que también se dan entre las clases adineradas.

—Ya que estamos de acuerdo, salgamos para allá.

El viaje fue muy corto, la carretera era buena y Leo corrió todo lo que pudo para llegar con luz y examinar antes el lugar. A medida que ascendían las montañas, el verdor y la frescura se hacían más patentes. No les cabía duda de que en sitios así cualquiera podía curarse de los males de la urbe. Hasta —dijeron— no les importaría pasar una temporada internados.

—No penséis que es ninguna tontería —aseguraba Arturo—. Yo no ando demasiado bien de la cabeza, tengo mis "cosas"..., ya sabéis, la vida que llevo.

—Pues nada, pide el ingreso —bromeaba Berto—, ya tienes recomendación —y se rieron del músico.

—No me hace ninguna gracia. Tengo treinta años bien cumplidos y apenas gano para mantenerme. En política estoy hecho un lío, sé que estamos en la verdad, pero somos tan pocos...

—Es que eres muy extremista —le repochó Berto.

—¡No es eso! Para vosotros es fácil vivir. Tú, Berto, con tu negocio, te va de perillas, encima tu consorte está forrada...

—Oye, que tenemos bienes separados —se defendió el barman.

—Es igual. Y en cuanto a ti, amigo Leo. Eres rico y consciente y no haces nada por los demás.

—¿Y qué quieres qué haga? —le respondió el aludido sin prestarle demasiada atención, pues iba enfrascado en sus pensamientos.

—No sé, algo... Cuando se es rico y se tiene cabeza para pensar, la diferencia entre ser persona y un simple cerdo, es eso, no comportarse como un burgués, no ser un egoísta. No sé, que te preocupe un poco la gente, y en consecuencia que hagas algo por ella.

A Leo no le importaron las palabras de Arturo. Le tenía aprecio y además su cabeza estaba en otro sitio:

—¿Y qué hago, militar en la liga, como tú?

—¡Hombre!, ya nos vendría bien —ironizó el pianista.

La conversación terminó. Habían llegado a su destino. El manicomio era bonito. Un caserón de piedra en el centro de una gran finca profusamente regada de árboles, jardines, estanques, y setos. El tejado de pizarra. Tres pisos de buena altura. Dejaron el coche escondido en el bosque cercano y se subieron a un altozano con la intención de observar la finca concienzudamente. Leo, armado de unos prismáticos, calculaba las posibilidades. Saltaría la valla, eso era fácil, luego, deslizándose entre los árboles, alcanzaría el caserón. Lo difícil era trepar  hasta la ventana, pero viendo la cercanía de un canalón de desagüe, se tranquilizó. La ventana daba a un pasillo, según había dicho Arturo, después contaría tres puertas. ¿Cómo la despertaría?, ¿acercándose suavemente y con un beso cariñoso? o ¿esperaría a que abriera los ojos? Dejémoslo —se dijo—, para qué decidir cuando tantas cosas pueden pasar.

—Oye —dijo de improviso Berto—, ¿qué pasará si ella te delata?

Leo le miró con extrañeza, hasta un poco ofendido.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Cuando tengas mi edad aprenderás a no fiarte de nadie.

—Solamente espero que no salgáis corriendo a la menor sospecha.

—Descuida —le respondieron.

Y siendo ya casi la hora, decidieron acercarse. Leo tenía en su interior una trágica determinación. ¡Claro que hacía bien! No iba a detenerle un miserable papel delator. Se trataba de su tranquilidad espiritual, no podía vivir así, sabiendo que estaba encerrada en un sanatorio como si fuera una vulgar histérica. Y lo que era peor, con esa duda que le martilleaba, convulsionándole cada vez que el recuerdo le traía la escena nocturna en el hotel portugués. Quizá y aunque le costase reconocerlo, fue ésta la causa más importante de cuantas aquella noche le hicieron saltar la valla del sanatorio. Atravesó el jardín, la tensión le envalentonaba a cada paso. ¡La ventana! Allí estaba, ligeramente entornada como habían prometido. Trepó por el canalón tan rápido que él mismo se sorprendió. El aire que inspiraba se transformaba en su interior en una mezcla de ira y euforia, en cierta maldad alegre por saltarse el pacto e infringir todos los malditos códigos de comportamiento social. Hubiera derribado a patadas mil puertas, destrozado celosías y desenmarcado ventanales de haberlo precisado. Pero no fue necesario, porque caminando por el pasillo como una sombra todavía más oscura que las tinieblas que le envolvían, alcanzó la fatídica puerta tras la que ella invernaba su crimen. Leo empujó despacio, con el cuidado necesario para entrar sin ser oído. Y ¡oh!, sensaciones del Averno, aquello le complacía, alimentaba su morbo.

Encendió el mechero. Allí estaba ella, hecha un ovillo sobre una estrecha cama. Una mesita y un televisor portátil al fondo, una silla blanca como signo de la sanidad que debía regir aquel lugar, un armario empotrado, algunos libros sobre la mesa, un flexo barato y una alfombra desgastada al lado de la cama. Y encendió el flexo.

Bueno —se dijo cerrando la puerta—, aquí estoy. Acercó la silla a la cama y se sentó. Estuvo un rato contemplándola, también a su ropa cuidadosamente doblada. Hojeó un libro de los que había. Teresa de Ávila. Se rió para sí despreciando aquella lectura, nunca había leído nada de la monja, pero se le hacía, en su ignorancia, que era una mema. Finalmente se acercó al oído de Virginia y le susurró su nombre varias veces.

La joven tardó en despertar, cuando lo hizo y mientras murmuraba palabras ininteligibles, se volvió y abriendo los ojos como palmatorias, le miró incrédula.

—¡Leo!

—¡Hola...!

—¿Cómo has entrado?

Leo se encogió de hombros, un gesto que le quitaba importancia a la cosa.

—No sé qué decir, estoy sorprendida.

—¿Por qué te fuiste del hotel?

Virginia se alzó sobre la cama, aún tenía el susto en el cuerpo. Los ojos hinchados —seguramente la medicaban para dormir—, buscó el vaso de agua que tenía en la mesita y bebió un buen trago, casi el vaso entero.

—¿Por qué te fuiste?

—El mundo se me vino abajo aquella noche. Vi mi vida terminada. Pensé que todo era culpa mía, que jamás podría ser una mujer normal. Tu te echaste a dormir y yo me encontraba tan sola... Tomé esa decisión, contárselo todo a mi padre. Así es mejor, ahora todo se ha arreglado, me aseguraron que no te culparían de nada.

—Lo sé.

—Perdóname por no avisarte.

—Dejémoslo. Estoy aquí por un motivo, uno sólo.

Ella se sobresaltó, temblaron sus hombros sin quererlo.

—¡Qué me hagas un sitio! —pero Leo no se movió.

—¿Estás loco?

—Ni siquiera he bebido un trago.

—No, márchate.

—¿Me pides que me vaya?

—Voy a casarme...

—¿Qué...? —Leo perdió toda su fuerza—. ¿Con el policía?

Ella asintió. Buscó un cigarrillo, exhaló el humo con decisión, había recobrado su presencia de ánimo y aquel gesto de fumadora intrépida resaltaba la confusión de Leo.

—Lo conocía de antes —dijo—. Era amigo de Carlos, siempre me quiso. Gracias a su ayuda todo se ha solucionado.

—Sí, claro, un accidente...

Ella le mantuvo la vista en silencio.

—Nunca me hablaste de él.

—No.

—Ahora soy yo el que no sabe qué decir.

—Aquí me tratan bien, quieren hacer de mí una mujer nueva, tengo sesiones de psicoterapia.

—¡Psicoterapia! —exclamó Leo levantándose—. ¡Esto es lo último que hubiera esperado! Siempre te guardas todas las cartas en la manga.

Leo odiaba a lo siquiatras por encima de todo, más aún que a los jueces o los políticos. Este era, según él, el escalón más bajo del grande escalafón de torturadores con licencia para matar.

—No te entiendo —dijo Virginia.

—Es igual, todo está perdido. ¡Que se vaya todo a la mierda! Así es el destino, cruel, trágico, hijo de puta.

—No exageres.

—No sé... Algo tendría que decirte. Algo que te sacara de esto, de esta mierda. No te vas a hacer una mujer nueva aquí. Todo lo contrario, te harán aprender un papel muy viejo en tu sexo. Te harán dócil, sumisa. En suma, te harán una maldita mujer casada.

—Eso es lo que he escogido. Mejor eso que nada.

—Tu no has escogido nada, ni tu vida, ni tu familia, ni tu... ¡Ni a ti! ¿Qué es lo que te espera? ¿Un tiempo aquí rodeada de enfermeras siempre con una píldora en la mano?, ¿una boda que no tiene entendimiento? ¡Te tratarán siempre como a una idiota!

—Vete ya, déjame sola.

—Me gustaría saber de dónde sacas la fuerza para hacerlo.

Ella no respondió. Leo la miraba, quería acercarse, expresar cosas mejores, más cálidas e íntimas, y de acuerdo con lo que habían vivido juntos, pero todo lo que se le ocurría eran denuestos.

—¡Qué estúpida es la vida! —añadió—, ¡vaya estafa! Pero, ¡maldita sea!, ¡hay lo que hay! Me lo repito todas las mañanas cuando me levanto destrozado por la resaca. En verdad, que en el infierno se debe estar mejor!

—Vete.

—Te molesto, ¿verdad? Ya no cuadro en tu historia, ahora eres una señorita haciendo ejercicios espirituales para el sacramento del altar.

—¡Leo!

—¡Escúchame!

—No —le interrumpió ella—, escúchame tú a mí. No quiero recordar nada de lo sucedido. Necesito borrar de mi mente muchas cosas para poder ser una mujer normal. Contigo no podría. Y ahora debes irte.

Leo daba vueltas a la habitación incapaz de expresar sus sentimientos. Claro que con él no podría, Él no era una persona normal. Él nunca trabajaba y además bebía, jugaba, y se pasaba las noches de juerga sin que le interesaba en absoluto la humanidad de los normales. Desde luego, con él no hubiera llevado una vida normal. Él era una persona privilegiada que apuraba las copas hasta el fondo porque nadie le esperaba en ningún sitio. Y no estaba dispuesto a cambiar por ninguna mujer de este mundo.

—De acuerdo —dijo—. Me iré. En realidad no he dicho nada de lo que quería decirte, pero es igual.

—Así es mejor.

Se miraron un momento, Leo no sabía si coger su mano o darle un fugaz beso. Seguía teniendo la impresión de padecer un drama por cuenta ajena.

—Adiós —e inclinó un poco la cabeza.

—Que tengas suerte, Leo.

Cuando Berto y Arturo vieron la cara que traía, sospecharon que algo había ido mal, como Leo no dijo nada, y pensando lo peor, le preguntaron si le habían pillado.

—No —fue la seca respuesta que recibieron.

—Pues te ha sobrado más de media hora —dijo Arturo.

—Mejor no hubiera venido.

Regresaron a la ciudad, había poco tráfico, estaba la noche limpia y se veían todas las estrellas del cielo. Conducía Berto, pues Leo no quiso hacerlo. Le había pedido la petaca de plata que siempre llevaba el barman en la chaqueta y bebía chasqueando los dientes.

—Se va a casar —dijo de pronto Leo—. Con el policía.

—¿Con el policía?

—Sí, y además me ha echado —y les contó el resto de la conversación.

Se quedaron un rato pensativos, Arturo, en su nuevo papel de detective, rumiaba la historia, la conocía de boca de Berto, que, antes, le había hecho jurar que no se la contaría a nadie. Había cosas que no le cuadraban.

—No consigo entender cómo desapareció el jeep del cobertizo —dijo repentinamente.

—¿A qué viene eso ahora? —se enfadó Leo.

—Viene a que hay detalles en tu historia muy sospechosos.

—¡Vete por ahí! —le respondió irritado.

—Tiene razón —acudió Berto en ayuda del pianista—. ¿Quién se llevó el jeep y cómo?

—Quizá lo robó alguien —aventuró Leo, escasamente interesado en escarbar en el pasado.

—¡Sí, hombre, el abominable hombre de las nieves! —ironizó Berto.

—A veces, las cosas son más simples de lo que pensamos.

—No lo creo yo así —insistió Arturo—, quien lo hiciera tomó sus precauciones, ni le visteis, ni le oísteis, lo cual quiere decir que escogió el momento más oportuno, cuando tú estabas buscando a Carlos por el monte y ella dormida.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—No lo sé de momento, pero hay otro detalle, casi sin importancia, pero muy curioso.

—¿Cuál?

—El crucifijo.

—¡Vaya, te lo ha contado todo!

—Ella le golpea con el crucifijo y luego lo vuelve a poner en su sitio. Si quería ocultar algo, habría metido el cadáver debajo de la cama, es la prueba principal, ¿no?

—No digas tonterías —le atajó Leo.

—Quizá lo hizo por respeto —dijo Berto—, ya sabes cómo son estas niñas bien.

—Ella no es una niña bien —dijo Leo.

—Bueno... —siguió Arturo—, pero es que hay otro detalle. Cómo se descuelga un crucifijo, ¿por los pies, no? Entonces, si lo agarró de los pies, golpearía con la cabeza del crucifijo, ¿no? ¿Cómo explicas que te lo encontrases colgado y con un pie roto?

—Todo eso son suposiciones que no nos llevan a ningún sitio —afirmó Leo.

—Sólo si no hay sospechosos, pero yo sospecho del policía —dijo finalmente Arturo con aire triunfal.

—Eso es, para casarse con ella y heredar —le increpó Leo—. ¡Estás loco!

—Tú lo has dicho, amigo Leo, para casarse con ella. Todo cuadra.

—¿Y cómo sabe que Carlos está en la sierra? —le preguntó Berto.

—Eran amigos, bien pudo hacerle una visita antes, buscando consuelo quizá. Hasta pudieron ir juntos, si Carlos se ocultó en el refugio, no hay razón para que no pudieran ocultarse los dos.

—¿Y por qué habría de ocultarse un policía? —le inquirió Leo.

Arturo lo miró como se mira a un imbécil.

—Le siguió el juego a Carlos —explicó—. Presenció la escena, o la oyó. Carlos resbala y pierde el conocimiento, Virginia le golpea con el crucifijo, naturalmente por la parte de la cruz, y mucho me temo que no lo mata. Asustada por la sangre baja corriendo a buscarte, momento que aprovecha el policía para entrar en el dormitorio y acabar con la vida de Carlos. Es entonces cuando se rompe el pie el crucifijo. Luego escapa por el tejado y huye con el jeep. Bien pudo suceder así.

—Ella oyó ruidos —dijo Leo, interesado en la hipótesis de Arturo—, dijo algo de que se quería levantar. Por otro lado, ahora que lo recuerdo, durante un tiempo, cuando noté la desaparición del jeep, tuve la sensación de que había alguien más por allí. Algo muy físico.

—Eso no vale —afirmó Arturo, muy en su papel de detective racionalista.

—Sí, pudieron ser imaginaciones —adujo Berto—, los nervios...

—Sólo hay una manera de averiguarlo —sentenció Arturo—, encontrar el jeep.

—No podemos ponernos a buscarlo, hemos firmado un pacto y sospechará.

—Vosotros no, pero yo sí, a mí no me conocen.

- 9 -

Arturo, muy a su pesar, tuvo que dejar la gabardina en casa, el invierno estaba entrado, pero los días de la capital seguían siendo soleados y sobre todo secos. Caminaba por la calle Barbieri, donde tenía su buhardilla cochambrosa, y se dirigía a poner un anuncio en el periódico. Era el tercero en una semana y todavía no había dado sus frutos la estratagema. No estaba dispuesto, naturalmente, a recorrerse todas las calles de la ciudad buscando un jeep amarillo, del que desconocía la matrícula y además no siendo raros estos vehículos. Por este método mantenía la esperanza de que no tardaría en tener noticias. Los anuncios rezaban así: Busco jeep desaparecido en las Alpujarras, la noche del tantos del mes pasado. Estaba orgulloso de sus astucia. Además, con el dinero que le había proporcionado Leo, y después de pagar el alquiler, se había comprado un curso completo de detective privado. Llevaba una semana prácticamente sin dormir, devorando página tras página y realizando los experimentos que el curso proponía. Se veía ya con el caso resuelto, bien recompensado por el padre de Virginia, al fin y al cabo libraba de culpas a su hija, y montando, con el dinero, una agencia de detectives. Mientras caminaba por la acera del Bellas Artes ampliaba sus sueños. Haré algo más que una agencia de detectives, pues no me interesa ser un simple Sam Spade, o un Marlowe, yo quiero algo más, una agencia de la verdad, donde pueda escoger los casos mas sucios y corruptos de esta oligarquía inmisericorde que nos gobierna, y donde cada caso resuelto me haga más fuerte y más justiciero.

No se preguntaba, Arturo, quién diantre le iba a encargar esos casos, pero en su ensoñación, todo era muy sencillo. Resuelto éste, el primero de todos, su nombre saltaría a los periódicos, y lo demás vendría rodado. "Pro veritas, no sé qué", se decía.

Había llegado a la agencia, entró y saludó al empleado, al que conocía de las veces anteriores. Adoptó un aire misterioso.

—Hola, vengo a poner un anuncio.

El empleado tomó el texto, lo leyó y levantándose se disculpó.

—Un momento, por favor —dijo, y abandonó el mostrador.

Arturo se sentó en un butacón, miró de reojo al público, ensayaba el test de personalidad tratando de adivinar por el aspecto a qué se dedicaba cada uno de los presentes.

Al rato regresó el empleado, le preguntó en qué periódicos quería incluirlo, parecía el hombre más lento del mundo y menos interesado en el anuncio. Entonces entraron dos hombres trajeados, caminaron veloces hasta el mostrador y el empleado señaló a Arturo.

—Este es.

—Policía —dijo uno de ellos—, me permite la documentación.

—¿Pero...?

Le enseñaron la placa, aunque Arturo no vio nada. Buscó la cartera y les dio el carné. El corazón le palpitaba. El policía lo examinó con detenimiento, como si pudiera interpretar algo más de lo que allí ponía. Era un hombre grueso de aspecto corriente.

—Haga el favor de acompañarnos —dijo seco.

—Pero si yo no he hecho nada.

—¡Vamos! —dijo el otro haciendo un gesto con la cabeza.

Le metieron en un coche camuflado, en el asiento de atrás les esperaba otro, un hombre joven y atractivo con un espeso bigote.

—¿Y tú, quién coño eres? —le preguntó acercándose tanto que Arturo se retiró en el asiento instintivamente.

—¿Yo?

—¡No me vengas con películas!, ¿eh? ¿Por qué pones esos anuncios?

Arturo titubeó, le molestaba que se acercara al hablarle, le intimidaba.

—Es que busco ese jeep.

—¿Para qué?

Habían arrancado y marchaban por una calle llena de tráfico, los dos hombres iban delante aparentemente indiferentes, el policía del bigote apoyaba un brazo en el asiento delantero.

—¿Estoy detenido? —se atrevió a preguntar.

—¡Este es un idiota! —y se rieron.

—Venga, dime quién te ha mandado poner esos anuncios...

—Un cliente.

—Volvieron a reírse. El policía del bigote se apartó y dejó de interrogarle. Arturo buscaba rápido una coartada, no se le había ocurrido que pudieran detenerle, pensaba que el policía vendría a su encuentro más o menos disimuladamente. ¡Qué ingenuo he sido! Así aprenderé. Llegaron a una comisaría, le metieron en un despacho, los dos hombres salieron y el joven se quedó con él.

—Mirad a ver si hay algo de este —les dijo salir.

A una indicación Arturo se sentó. Había una recia mesa de madera y un armario de cristales traslúcidos, un poco más lejos una mesita con máquina de escribir y un par de sillas. Un retrato de Franco dominaba desde la altura toda la sala, pero bajo él, y con toda la sorna que en sí mismo llevaba el artefacto, un botijo blanco dignificaba en su oronda bondad, toda la estancia.

—Bueno, ahora me lo vas a contar todo, ¿eh?

Y Arturo se lo contó. Añadió algunas invenciones en sus descargo, como que estaba sin trabajo y que lo hacía por dinero.

—Tu eres un tonto —le espetó el policía—, y te has metido en un lío.

Entonces abrió la puerta otro de los policías. Está limpio, dijo, y volvió a cerrarla.

—¿Así que eres pianista?

—Sí.

—Pues aquí sí que vas a tocar el piano. A ti y a tus dos amigos os voy a meter una temporada a la sombra, para que aprendáis a estaros quietecitos. ¿Os creíais que iba en broma, o qué?

—Un crimen no es ninguna broma.

El policía se enfureció, le agarró de las solapas y casi lo levanta de la silla.

—Tú eres un soplapollas y mejor harás callándote.

—Cuando sepa dónde está el jeep.

—¿Cuando sepas dónde está el jeep? ¡Pues lo vas a saber! Porque voy a terminar con esta historia de una vez por todas —y salió dando un portazo.

Arturo respiró cuando se quedó solo, buscaba algo de lo que pudieran acusarle, y había tantas cosas, pero todas tan ridículas, que pensó que no tenía nada que temer. Entró un policía armada y le pidió que le acompañara. Atravesaron unos pasillos y bajaron una tétricas escaleras hasta llegar a un patio interior con una puerta para carruajes. Allí estaba el policía del bigote, y junto a otros coches y motos viejas, un jeep amarillo.

—¡Ahí lo tienes! —y le señaló el vehículo—, yo mismo lo saqué del cobertizo.

—Imposible, según mi cliente desapareció antes de que usted llegara, a menos que...

—¡A menos qué...!

—O usted llegó antes de lo que dice, o éste no es el vehículo.

El policía se encolerizó, habían quedado solos en el patio y palmeaba el capó con evidente irritación, la manga de su elegante chaqueta se estaba manchando de polvo.

—Vas de listo..., ya veo —murmuró.

Arturo callaba, no sabía de dónde le venía el aplomo que mostraba, pero se encontraba muy reconfortado confundiendo al policía.

—¡De acuerdo! No es este el jeep. Y no sé dónde está ni me importa. No vas a remover la historia, la vas a dejar como está, hice un pacto con tus amiguitos y voy a pasar por alto tu intromisión porque sé que eres un soplapollas jugando a detectives, pero ten por seguro que si seguís molestándome os enchirono a los tres. Al Don Juan ese, le hago polvo y le hago comerse el marrón, sólo necesito una nueva declaración de Virginia. Al traficante le aplico "la peligrosa" hasta que me harte, y a ti, te detengo por interferir las labores policiales o por hacerte pasar por funcionario. Así que vosotros veréis.

Pero Arturo no se dejó impresionar, acababa de encontrar el punto flaco de su contrincante. El buscaba la verdad y su oponente trataba de ocultarla. Y cuanto más le insultaba más valor cobraba.

—Ya veo que tiene mucho interés en que nada de todo esto salga a la luz —tanteó Arturo.

—¿Qué te parece? Voy a casarme con Virginia, ¿entiendes? No quiero ni oír hablar de este asunto.

—Comprendo —asintió Arturo. Y lanzó una última andanada—: Pero podría sospecharse que usted tiene otras razones para ocultarlo.

El policía palideció, aporreó el jeep y se puso a gritar.

—¡Tú estás loco! ¿Qué quieres?, ¿provocarme?

—Sólo saber dónde estaba usted el día de autos —las palabras, de película, le salieron algo débiles, pero las había dicho.

—¿Pero..., me estás...?

Entonces estalló en carcajadas, parecía muy aliviado.

—Ven tío listo —dijo—, ven conmigo.

Entraron en una oficina, había más funcionarios trabajando.

—Dame el estadillo del mes pasado —le pidió a uno de los funcionarios.

Repasó las hojas y llegado al día señalado le enseñó la lista de subinspectores de guardia.

—Este soy yo, ¿sabes? Todo el día de guardia.

Arturo se quedó con la boca abierta, por mucho que estuviera de parte de la verdad, ahora no tenía nada.

—¿Entonces, quién se llevó el jeep?

El policía le cogió del brazo y le arrastró fuera, se detuvieron en un desolado pasillo.

—Ya te he dicho que ni lo sé ni me importa. Y ahora acabemos con el asunto. Reconocerás que he tenido mucha paciencia. Se acabaron las chorradas, ¿eh?

Arturo recapacitó, estaba algo perplejo. El policía le había ganado la partida y además se mostraba conciliatorio. Esto le repugnaba. Además, ¿si no había sido el, quién rayos había cogido el jeep?

—De acuerdo, creo que debo darme por satisfecho —y fingió tal para que el policía le dejara marcharse.

En efecto, le devolvió el carné y le hizo prometer que dejaría las cosas como estaban. Luego, hasta le invitó a un café en un bar cercano. Estaba lleno de policías y Arturo se tomó el brebaje rápidamente deseando marcharse. Reconocía que en el fondo defendía la reputación de su futura mujer como cualquier otro. Una boda rara, bien es cierto. Quizá siempre había querido a Virginia y ahora aprovechaba el deceso para conseguirlo. La familia de Virginia era de buena posición y él, al fin y al cabo, un simple subinspector. Había cierta lógica. Una boda a cambio de echar tierra al asunto.

Toda la tarde estuvo pensando en ello, se hizo un croquis para mejor desentrañar el misterio. Veamos... Día "C" (de crimen), Leo en el monte, Virginia dormida. Sale Carlos del dormitorio de al lado, entra y la despierta. Discuten (esto subrayado), Carlos resbala y pierde el conocimiento (¿?), Virginia descuelga el crucifijo y le golpea. Baja corriendo en busca de Leo, naturalmente no lo encuentra, vuelve a la casa y como tiene frío y no se atreve a subir, enciende fuego, pasan unas horas, Leo ve el humo en la lejanía, regresa y encuentra el cadáver. Deciden huir, Leo descubre la desaparición del jeep. Virginia ha oído ruidos, pero desde luego no la puesta en marcha de un motor Diesel. Por tanto, quien se llevara el jeep lo hizo cuando ella estaba dormida, profundamente dormida, Leo no pudo oírlo, se hallaba a varios kilómetros. Descartamos al policía ¿y qué nos queda? O lo hizo Carlos antes de despertar a Virginia, o lo hizo ella misma, ¿pero cómo?, no sabe conducir y menos un trasto de esos. Por fuerza hubo de sacarlo Carlos, ¿por qué? Quizá decidió marcharse y cuando se encontraba algo distante cambió de idea. En cuyo caso, el jeep sigue allí, en la sierra, en algún lado del camino. (Esto habrá que comprobarlo.) El policía llega una semana después, recoge los restos de Carlos y les da discreta sepultura, ¿pero encuentra el jeep o no lo encuentra? En cualquier caso, si fue solo y en su coche, no pudo traérselo, aunque pudo avisar posteriormente a una grúa. Pero entonces me lo hubiera dicho, no pierde nada con ello. ¿O hay algo más? ¡Madre mía! Me estoy liando yo solo.

Anochecido se fue al bar de Berto, allí estaba Leo. Tenía mal aspecto aunque hablaba animadamente con un poeta. Hicieron un aparte los tres y les puso al corriente de lo que había pasado.

—¡Fiuu! —silbó Berto—, vamos a dejarnos de historietas, que ese tipo puede hacernos mucho daño.

—Sí, además está todo muy claro —dijo Leo.

—¡Casi todo! Sigue sin cuadrarme el detalle del crucifijo y sigo sin saber dónde está el jeep.

¿Y qué importancia tiene eso?

—Estoy convencido —repuso Arturo—, de que gran parte de la clave de este asunto se encuentra en el crucifijo. ¿Por qué devolver el crucifijo a su sitio? ¡Eso tiene que querer decir algo!

—A mí ha dejado de interesarme —dijo Leo con un gesto de indiferencia.

Las palabras de Leo molestaron a Arturo. Claro, el señorito rico, ahora no quiere saber nada...

—Mira Arturo, déjate de tonterías —le reprendió Berto—, y un día de estos levantarás la tapa del piano, ¿no?

¡Ni hablar! No pienso volver a tocar en tu bar, voy a fundar una agencia de detectives, éste es mi primer caso y voy a resolverlo.

—¿Pero...! —exclamó Berto—. ¿Qué quieres, perdernos?

—Lo haré con suma discreción, no se enterará nadie —mintió.

—¡Estás como una regadera!

No les escuchó, estaba decidido a llegar al final. Era una cuestión personal entre el policía y él. Le demostraría que no era ni un soplapollas ni un listo, y aunque las pruebas le eliminaban como sospechoso, no le había borrado de su lista de implicados. A veces había llegado a dudar del mismo Leo.

—La verdad está por encima de todo —dijo muy serio.

—¡Venga hombre!, ¿en qué país estamos? —se rió Berto.

—¡Conque sí! ¿eh? ¡Pues vais a ver! —y se marchó.

Se quedaron mudos mirándose el uno al otro, no acertaron a decir nada.

—Este nos la juega —dijo finalmente Berto.

—¿Sabes qué te digo?, que me voy de viaje...

—¡Estupendo! Y yo me quedo en el bar esperando la catástrofe.

—Lo tenía pensado hace días, desde lo del sanatorio.

—¿Y quién para los pies a ese loco?

—No hay problema, se le acabará el dinero que le di y tendrá que venir a tocar.

—Eso espero — Y Berto sirvió la última copa. Todos los clientes se habían marchado.

—¿Cuándo te vas entonces?

—Mañana mismo, te llamaré por teléfono en cuanto llegue.

Algunos días después, Arturo se presentó en el bar de Berto. ¡Ya caíste!, pensó éste. Sin embargo tenía un aspecto impecable, una bonita chaqueta de ante, unos pantalones bien planchados, conjuntando con zapatos de piel, el rostro bien rasurado y el cabello recién cortado. Llevaba una cartera de mano.

—¡Dichosos los ojos! —le recibió Berto.

—Hola, necesito que me hagas un favor...

—Dime.

—Préstame algo.

—Tal como vas, no parece que necesites nada.

—Vivo con la poetisa, pero tengo que hacer un viaje.

—¿A...?

—¿Me lo vas a prestar, o no?

—¿En qué andas metido? Comprenderás que no te voy a dejar dinero para que fundes tu agencia de matones, cuyo primer caso se basa en mi ruina.

Arturo chasqueó la lengua, se le notaba un poco incomodo con tan buenas ropas. Sacaba las manos de los bolsillos y las volvía a meter como hacen los modelos publicitarios.

—Bueno... —dijo—, sírveme una ginebra, ¿o tampoco?

—Eso sí, aquí tienes crédito. Oye Arturito, ahora en serio, ¿en qué líos nos estás metiendo?

—En ninguno, te lo voy a contar todo y luego si quieres me prestas el dinero.

Bebió a tragos cortos agitando los cubitos de hielo, se le perdieron los ojos en la brillante hilera de botellas al lado de la barra.

—He estado buscando una tumba.

Berto ni se inmutó, asintió con la cabeza, conocía bien al pianista y no hacía caso de sus golpes de efecto, en principio le pareció una majadería de las suyas.

—¿Una tumba, eh?

—Sí. Mis conclusiones me llevaron a ello. Recordarás el detalle del crucifijo, ¿quién y por qué lo habían devuelto a su sitio? Si no fue el policía tuvo que ser Virginia.

—Claro.

—Pues ese es el viaje que tengo que hacer, preguntarle si fue ella quien lo colgó de nuevo.

—No te atreverás.

—Escucha Berto, si fue ella, todo está solucionado, de lo contrario entramos en otro terreno.

—¿Qué terreno?

—Que fue Carlos quien lo hizo, que no está muerto y que fue él quien se llevó el jeep. Por eso no he encontrado su tumba, no está enterrado en ningún cementerio de esa ciudad. Es más, el policía lo sabe, eran amigos, ¿recuerdas?

—¿Pero por qué iba a hacer una cosa así?

—No diré que fuera premeditado, pero puedo imaginarme los hechos: Carlos vuelve en sí, la herida no reviste importancia, probablemente se sienta sobre la cama, desolado y gimiente. Recuerda que tiene el jeep esperándole en el camino y se dispone a marcharse, entonces ve el crucifijo en el suelo, ¿qué emociones le produciría a un joven de su talante, semejante visión? Sus reflexiones debieron ser muy amargas, horribles, deseó haber muerto de verdad. Y se le ocurre que esa es la solución. Morir para el mundo y seguir vivo, ¿no es una idea fantástica? Así rompía todos los lazos con su hermana, castigándola cruelmente de paso, nada menos que convirtiéndola en una asesina. Es un pensamiento delicioso para una mente como la suya, seguir torturándola después de muerto y encima presenciarlo. Algo tan diabólico que sólo podía ir acompañado de ira contra el crucifijo. Lo golpea y lo rompe, ese fue el ruido que tuvo que oír Virginia, y finalmente lo cuelga. Te preguntarás por qué lo hace, ¿verdad?

Berto asintió, Arturo bebió un trago y siguió radiante, feliz de tener una solución.

—Pues bien, ésta es la parte más sibilina de la historia, lo cuelga para que haya un punto ilógico, un resquicio para una mente interesada, una luz para quien sepa mirar en la historia: ¡estoy muerto pero vivo!

Berto no pudo decir nada, el cigarro se le había consumido entre los dedos y le quemó.

—No sé... Pero sigue... —murmuró.

—Luego llega Leo, Carlos le oye gritar y subir las escaleras, se hace el muerto. Leo no comprobó si realmente lo estaba, venía con esa idea en la cabeza y lo que presenció sólo hizo que corroborárselo. Todavía tuvo que hacerse el muerto otra vez, en la que Leo encuentra, en un reconocimiento tan superficial como el anterior, un poema arrugado, un poema que habla de anteriores reencarnaciones, escrito, no me cabe duda, en el intervalo entre la primera y segunda entrada de Leo, un poema que a modo de falso testamento, sirva de etéreo potro de tortura a su hermana, aunque ésta, consecuente, se deshace de él. En este momento, Carlos abandona la casa, si Leo hubiera abierto la puerta cuando la rociaba de gasolina, se habría llevado una buena sorpresa, pero no entró, así es el destino. A la fuerza, Carlos se fue antes que ellos, de lo contrario hubieran encontrado el jeep en el camino. Después visita a su amigo el policía y le convence para que le ayude a morir. ¿Claro que por qué iba a hacerlo? A primera vista parece el desatino de un loco. Pero Carlos le cuenta su escabrosa relación con su hermana, su dependencia física y psíquica. Y le encarece para que le ayude. Naturalmente no le participa de sus más intimas obsesiones. El policía tuvo que resistirse, es seguro que le propuso a Carlos otras soluciones más cuerdas. Pero en algún momento de la conversación, el policía entrevió los beneficios que su ayuda le podía reportar. Si se aseguraba de que Carlos desaparecía realmente de la escena, Virginia quedaba en sus manos, la heredera de una suculenta fortuna. Sólo tenía que atar bien los cabos. El asunto parece fácil, sólo tienen que engañar a la familia, y además con el testimonio de la propia Virginia y un testigo ocular: Leo.

—Me cuesta creerlo —le interrumpió Berto, cuyas manos se habían llenado de sudor—. El policía arriesga mucho. ¿Y si Carlos quiere reaparecer? Porque el dinero es el dinero...

—¿Quién te impide cargarte a un muerto?

A Berto le dio un escalofrío. En su interior negaba que los hechos se pudieran haber materializado exactamente así. Pero las bien construidas argumentaciones de Arturo empezaban a intranquilizarle más aún de lo que ya estaba.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Si eso es así. Si ese tipo se ha cargado a Carlos, tu, yo, todos estamos en peligro.

—No. Carlos está vivo. Estoy seguro.

—Entonces te contradices...

—¡No! ¡Déjame terminar! —se excitó Arturo—. Mira, cuando Virginia regresa y le cuenta lo sucedido a su padre, probablemente el policía y Carlos ya se habían puesto de acuerdo. El policía es amigo de la familia, eso ya lo sabemos, cómo se pusieron en contacto, no lo sé, pero también sabemos que lo hicieron. Y como es lógico, el padre de Virginia quiere comprobar los hechos y además taparlos. El policía se ocupa de todo, es decir, de nada, porque no hay ni juez, ni forense, ni entierro. Se convierte en el providencial salvador del honor de la familia y encima con todas las papeletas de hacerse cargo de Virginia per secula seculorum, amén —ironizó Arturo. Y siguió—: O sea, que sus padres se la ceden en cuerpo y alma, la madre anda con negocios de alta costura y sale en las revistas del corazón, y en cuanto al padre, trata de hacerse un lugar en el régimen. A nadie le interesa la verdad. En cuanto al sanatorio, nada saben de todo esto, Virginia está allí para reposar, nada más, no se la está tratando, y no se la vigila fuera de las normas de la casa. Y de Carlos te diré que de confirmarse mis sospechas, tarde o temprano aparecerá.

—¿Y entonces?

—Entonces nada. La familia cree que está muerto, pero todos hacen como si estuviera ausente. La justicia no tiene noticias de estos hechos, a efectos legales está tan vivo como tú o como yo. Y si reaparece, pues nada, el poli ya se habrá casado con Virginia, cuatro palabritas de explicación y todos tan felices.

Berto no dijo nada, estaba alelado, por un lado el razonamiento de Arturo le había subyugado, por otro le parecía absurdo, de película.

—¿Me prestarás el dinero ahora? —insistió Arturo.

—¿Cómo has llegado a estas conclusiones?

—Tengo mi método —se ufano Arturo. Y agito el vaso, los cubitos de hielo tintinearon, levantó la vista y miró a su contertulio con fuerza:

—Sólo aquellos que tienen secretos en sus corazones pueden acceder a los secretos ajenos.

—¡Pues vaya un método! —se chanceó Berto, y con razón.

—Es igual, ¿me prestas el dinero?

—Toda esta historia..., ¿y necesitas comprobar el detalle del crucifijo?

—El rompecabezas está reconstruido, únicamente me falta esa pieza. Después podré ir al padre, quiero ver la cara del poli...

—¡Tú no vas a hacer ningún viaje ¡Ah no, eso sí que no! Vas a dejar tranquila a la gente, tanto si está vivo como si esta muerto. ¿Pero quién eres tú para inmiscuirte en su voluntad? Además, ¿no dijiste que a todos les convenía así? ¿Qué esperas del padre? ¿que le de un infarto?

—Que pague por conocer la verdad.

—Quieres decir que tú también te apuntas a la historia, ¿no?

—¡Vale!. Entonces buscaré el dinero por otra parte —y con gesto de enfado hizo acción de retirarse.

—¡Arturo, por favor! Hazlo por mí, por Leo, por... Todo está mejor así. Eres un genio, de acuerdo, él está vivo, pues déjale en paz... Ella se va a casar, ¿te imaginas el follón que vas a liar?, y sólo porque un policía te retuvo un par de horas... o por la mierda del dinero.

—No es solamente por eso, es por encontrar la verdad, por desentrañar el misterio.

—¿Nunca te he pedido un favor, verdad? Pues ahora te pido que abandones todo esto..., si necesitas dinero yo te lo doy, Leo también tiene algo, pero no recurras a este procedimiento.

—Creía que os interesaba conocer la verdad.

—¿Pero qué verdad? Sí estás en lo cierto no ha habido ningún crimen y tarde o temprano se sabrá. Y si Carlos está realmente muerto nos vas a enmierdar a todos.

—Pides mucho —y negaba con la cabeza—.

—Busca entonces a Carlos y cuando lo encuentres ve con el cuento al padre, pero déjala a ella en paz.

—¿Y a ti qué más te da?

—Es inútil explicarte nada, hazme ese favor por lo menos.

—Está bien. Renunciaré al punto más importante de mi investigación, pero encontraré a Carlos, ya lo verás.

—¡Buen chico! Te invito a otra copa.

- 10 -

Berto pasó unos días nervioso, daba vueltas a la hipótesis de Arturo, y cuanto más lo hacía, más creíble se le antojaba. Había recibido una postal de Leo y decidió llamarle. Se encontraba bien, más calmo y disfrutando del suave invierno andaluz. Por un instante le dieron ganas de no contarle nada, pero lo hizo. Leo se desató, que si Arturo era un estúpido y él un loco por creerle, que no le interesaban las revelaciones de última hora y que le dejaran en paz, ¡hombre!

—Es que me huele que tiene razón —insistió Berto.

—¿Y qué quieres haga?, que regrese corriendo para decirle: señorita, puede usted casarse tranquilamente, usted no mató a nadie.

—Pensé que deberías saberlo.

—Muy bien, pero me da igual, estoy harto de esa familia, vivos y muertos —y colgó.

Sí que le ha afectado la boda —se dijo Berto con el teléfono aún en la mano. Y meneó la cabeza con cierto sentimiento.

Aquella misma tarde, estaba el bar muy animado pues era Viernes, se encontraba preparando un cóctel de espaldas a la barra cuando sintió que le llamaban.

—¡Señor...!

Era una joven rubia, llevaba un chaquetón de piel y había depositado el bolso sobre la barra, tenía un pitillo en los labios sin encender. Berto le dio fuego. Una cara bonita, pensó.

—¿Nos conocemos? —preguntó mientras abandonaba la barra para servir las bebidas.

Al regresar vio un maletín de viaje a sus pies.

—No, no nos conocemos —contestó ella cuando estuvieron otra vez de frente.

—¿Qué quiere tomar?

—Un refresco.

Miraba la decoración.

—Tiene un local muy bonito.

—Gracias —y sirvió la bebida.

Bebió un sorbo y se llevó la mano al pelo, parecía querer decir algo.

—¿Usted es amigo de Leo, verdad?

—Y usted es Virginia.

—Sí. Necesito verle.

—No está aquí, se fue de viaje, estaba algo afectado —se arrepintió de haber dicho lo último.

—Por eso quiero verle, dígame dónde está —el rostro se le ensombreció—. Me he escapado del sanatorio.

¡Oh, no!, truquitos no —se dijo Berto—. Aunque, ¡diablos!, ya estoy harto yo también, se lo digo y de paso le añado las sospechas de Arturo. Pero sólo le dio la dirección. 

—Si las cosas van mal no diga que he sido yo.

—Descuide —y sonrió.

—¿Una copa?, invito yo.

—Ahora sí.

Estuvieron hablando durante varias horas, ella le contó su vida. Nada que Berto no supiera. Luego le acompañó al hotel y como apenas tenía dinero se lo pagó dándole además para el avión. Pero no le importó, le caía bien la chica.

Virginia durmió poco aquella noche, tenía miedo de que la encontraran. Se había comportado muy bien, a su juicio, en la escapada, con más valor del que creía contar. Pero ahora, en la soledad de la habitación, rodeada de muebles impersonales, entre sábanas con olor a lavandería y un viejo teléfono negro en la mesilla, sentía el ánimo debilitado, Las blancas paredes se le venían encima y creyó encogerse en la cama hasta convertirse en nada. ¿Cómo la recibiría Leo? No esperaba mucho, había sido dura con él y sospechaba que tendría que romper su coraza de despecho, sin embargo estaba decidida, le hablaría, intentaría hacerle comprender todos los porqués, y aun en el caso peor, si él la rechazara, no volvería al sanatorio, ni con su familia, estaba dispuesta a iniciar una nueva vida, eso que tanto se dice siempre, con la ayuda de Leo o sin ella. Carecía de todo recurso, pero no era el dinero o las fatigas corporales, su principal obstáculo y miedo. Era ella misma, el pavor que le tenía al mundo y a las gentes, esa luz tan blanca que tiene el día, donde se ven las caras y los cuerpos, imagen del sufrimiento. A veces, se imaginaba viviendo una vida cambiada, dormir de día, vivir de noche, en la cálida noche, suave y acogedora, tinte de discreción, borrador de las penas humanas, oxígeno de los malditos.

Dio la luz, no podía dormir. Encendió un cigarrillo y se sentó en la cama. Al frente había un cuadro, una marina en la que una chalupa luchaba denodadamente contra la tempestad, el viento la había desarbolado y la vela colgaba fustigada por el aire. No muy lejos se veían unos rompientes rocosos. Tierra adentro, una luz, ¿un faro? Se vio al igual que el barquito, desarbolada, en medio de pasiones que no controlaba y buscando una luz de salvación. Hasta el tiempo de espera del amanecer le dolía. Apagó el cigarro a medio consumir, saltó de la cama enrollándose en la manta paseó por la habitación. La manta olía a naftalina. Tic, toc, un segundo menos, un minuto menos. Qué inmensos son los minutos, diez no llegan nunca, una hora es una vida de pensamientos. Debería dormir hasta la hora de la partida. O cerrar los ojos y aparecer al lado de Leo.

—¡Hola! —le diría.

—Virginia... —y su cara se alegraba.

Una hora menos, las cuatro de la mañana. No hay ruidos en el hotel, en la calle sí. La ciudad nunca descansa. Hacía frío, otro cigarro. Tenía el estómago encogido y mal sabor de boca. Se sentó en la cama, los pies se le quedaron helados, los envolvió en una toalla. Dormir, quisiera dormir...

Cogió un taxi hasta el aeropuerto, el cual se le antojó demasiado bullicioso. No tuvo miedo y cruzó algunas palabras con su amable vecina de asiento, pasaron un bache de aire sin más consecuencias y aterrizaron. Desde allí un autobús hasta Jerez, luego el tren hasta el Puerto de Santa María y otro taxi hasta una urbanización cercana a la playa del Buzo donde Leo había alquilado un chalé. Era una urbanización privada, con guardas y mucho verde bien regado. El último tramo lo hizo a pié. Se trataba de un chalé pequeño, de una sola planta, con un jardín descuidado con mesas blancas y sillas descoloridas, había un columpio al que le faltaba el asiento. Traspasó la verja y se plantó delante de la puerta, cerró los ojos un segundo antes de llamar. El Sol despuntaba, soplaba poniente, un viento agradable. Leo salió en batín, se anudaba el cinturón. La boca se le quedó entreabierta.

—¡Hola! —dijo Virginia.

—¿Qué haces tú aquí? —era un tono algo seco.

Por un instante quedaron silenciosos contemplándose. El rostro de Leo era indescifrable y por su cabeza pasaron y lucharon pensamientos airados y rencorosos. Pero la alegría del encuentro los derrotó.

—Anda, pasa.

La casa era espaciosa y estaba bien orientada, recibía la luz por las dos vertientes. La decoración, bonita en sus tiempos, pero los enseres se habían hecho viejos. El suelo tenían muchos rayones y las paredes necesitaban una mano de pintura. Algunos libros y papeles con notas se esparcían por la mesita y el aparador. Virginia lo miraba todo, buscaba signos de presencia de otras personas. A Leo se le hizo tierna su cara de perplejidad.

—Deja el maletín por ahí, iba a desayunar, ¿me acompañas?

Tostadas y café con leche, Leo comía con apetito, pero ella apenas dio un sorbo. Luego se echaron unos cigarros.

—¿Por qué te has escapado?

—¿Vives solo aquí?

—Si. Paseo por la playa, leo libros, escucho música, a veces alquilo una motora y salgo a pescar a la Bahía.

—¿Sales con alguien?

—No, no hago vida social, no es mi estilo.

—¿No te aburres?

—Los amantes de la soledad no se aburren, en todo caso es un aburrimiento tan íntimo, tan lleno de pensamientos, que las horas en vez de aplanarme me reconfortan.

—¿Me dejas que me quede una temporada?

—Tengo que ir al mercado, vente y hacemos la compra juntos.

Compraron de todo, verduras, carne, mariscos, pescado, vino, licores y hasta champán. Volvieron abrazando los bultos. Virginia estuvo a punto de perder la carne. Hicieron espaguetis a la milanesa, pez espada a la plancha con unos cominos y una ensalada muy grande. Claro que antes hubo que armarse de valor y fregar los cacharros. Leo cocinó, ella hizo la ensalada y puso la mesa. Los espaguetis estaban un poco pegajosos cuando se sentaron a la mesa.

—Es que hay que comérselos nada más hacerlos —se defendió Leo.

Se bebieron el vino y el champán, hicieron café negro, muy negro.

—¡Uff! No puedo más —dijo Virginia.

—¡Abajo la miseria!

Les entró una soporina que amenazaba siesta, pero se resistían. Leo, sabiendo que no se debe luchar contra la siesta en Andalucía, le cogió de la mano camino del dormitorio. Ambos temblaban. La cama era grande, se desnudaron sin mirarse. Ella se metió primero acurrucándose a un lado. Cuando estuvieron los dos acostados se miraron. Virginia fue a decir algo pero Leo la besó. Y sus pieles se les hicieron deliciosas y los labios de melaza. Se amaron muy lentamente, conteniendo su deseo, con los ojos cerrados y las manos llenas de luz. Luego se durmieron.

Cuando Virginia se despertó, la tarde ya estaba muy entrada. Leo se había levantado y escuchaba música en el salón. Leía un libro cerca de la ventana. Virginia tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto, pero estaba muy graciosa con el batín de Leo. Le cogió un cigarro y echó una ojeada al título del libro: "Manual de onanismo, cómo acabar con el sexo" de un tal Elías nosequé.

—¿Es bueno?

—Es práctico...

—Cuando lo acabes me lo pasas.

—¡Que te lo has creído!

—¡Pues lo leeré a escondidas en el cuarto de baño!

—Anda, vístete y nos vamos a dar una vuelta.

Fueron a un pub en el centro del Puerto, tocaba un grupo sudamericano, era lo más auténtico del local. A Virginia le gustaban los andaluces, "con ese pelito que llevan".

—Estos son los pijos de aquí.

—Tienen algo de oriente.

—De moro, querrás decir.

—No, de oriente, y me gustan.

—Será que no les has oído hablar.

—También me gusta como hablan.

—¡Vaya, hombre! ¿Y el recio castellano?

—Son otra cosa.

—¡Y tanto! Te diré que a las gentes de España se las puede definir por los infinitivos de algunos verbos. Los catalanes, por ejemplo, se definen por el verbo Tener, eso es lo que les importa, en Castilla lo que prima es el Ser, para los vascos nada como el Hacer, y aquí, en Andalucía, ni el Tener, ni el Ser, ni el Hacer, aquí lo que interesa es Parecer.

—Una teoría algo pintoresca.

—Sí...

Al cabo, Leo adquirió un matiz más serio, le miraba fijamente, ella tenía los ojos brillantes y los labios húmedos, parecía muy contenta.

—Me alegro de haber venido —dijo.

—Oye, Virginia..., ¿sabes que Carlos puede estar vivo?

—Sí. Lo sé. Quiso venir a verme al sanatorio. Por eso me escapé. Fue cuando comprendí tu visita y tus razones. Perdóname por no haberlo hecho allí mismo.

—Luego era verdad, ¡Arturo tenía razón! Pobre Carlos, hay que estar muy enfermo para hacer una cosa así.

¿A qué te refieres?

—A hacernos creer que estaba muerto.

—No fue Carlos quién nos hizo creer eso. Fuimos nosotros mismos quienes lo creímos.

—Pero yo lo vi dos veces en el suelo y sin moverse.

—Se hizo el inconsciente por pura vergüenza.

—Pero tu padre y el policía vinieron a vernos y le daban por muerto.

—Esa historia la montó, Jacinto..., el policía con el que yo iba a casarme. Convenció a mi padre para así mantenerte alejado de mí. Para hacerte creer que eras mi cómplice. Carlos se limitó a desaparecer, como tantas otras veces.

—Pero tu misma le creías muerto...

—Al principio sí. Pero más tarde notaba su presencia en mi mente. La presencia de mi hermano gemelo. Cuando recibí una carta suya hace unos días, donde me pedía perdón y me anunciaba su visita, confirmé mis aprensiones y preparé la huida. Para Carlos todo se limita a otra escenita entre nosotros, esta con sangre incluida.

—¿Cómo es posible que hallamos sido tan idiotas? —se preguntó Leo—. ¿O sea, que Carlos por un lado y tu padre y el Jacinto ese por otro nos han tomado el pelo de la manera más vil?

—Todos hemos sido un poco cómplices.

—Y el poli ese, ¡asqueroso! Con qué desprecio nos ha tratado a todos, tú incluida. ¿Cómo pudiste siquiera llegar a pensar en casarte con él?

—Fue alguien al que agarrarme. Yo te digo que todos hemos sido un poco cómplices.

—¿Y ahora, cuántos te buscan?

—Pues Carlos, seguro, y Jacinto y mi padre también.

—Tenemos que largarnos. Berto hablará a la primera bofetada. ¿Dónde te gustaría dar tus siguientes pasos? ¿En qué lugar del mundo? Ahora mismo hacemos las maletas y nos vamos. ¡Que nos busquen en el mapa!

—¡Humm! Tiene que ser un sitio aventurero, con cierto peligro, pero no mucho, que sea exótico, claro, y sus habitantes bellos y parlanchines..., ¡y que no haya guardias, ni jueces, ni familia!

—¡Bien dicho! Y ahora vámonos. Aunque..., por curiosidad, Virginia, respóndeme a dos preguntas: ¿Por qué parte del crucifijo golpeaste a Carlos?, ¿por la cruz o por los pies?

—No lo recuerdo muy bien, aunque me parece recordar que se rompió al darle..., creo que lo cogí por la cruz. ¿Pero por qué me haces esta pregunta?

—Nada, cosas mías, y otra más para terminar, ¿colgaste tú el crucifijo en la pared después de atizarle a tu hermano?

—Sí.

—¿Y por qué?

—No sé. Me daba no sé qué verlo en el suelo.

—Señor, ¡qué niveles! —se dolió Leo, y con razón.

Pero dejando a un lado la rígida educación de su ahora feliz amante, le vino sorpresivamente a la cabeza la imagen de su amigo Arturo. Su delgadez, su espalda encorvada, sus hombros casposos y su viva y enérgica mirada de los últimos días. Más todo eso se le había acabado al pianista. No cobraría un duro por el caso, pese a que casi lo había resuelto, ni fundaría su agencia de justicieros detectives, ni probablemente volvería a su empleo en el bar de Berto, pues de todos era conocido que Arturo era un cabezón. Y esta reflexión le encogió el ánimo, y sus ojos, libres, se posaron en el brazo enfermo de Virginia, y supo que él también era cómplice de aquel extraño amor. Y una profunda melancolía le invadió.

Honorio.

Escrito en Madrid, Invierno de 1973