S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

CUENTOS DE LA SERIE: ¡BIENVENIDOS IDIOTAS!

2

CIEN PATADAS EN EL HÍGADO.

De Honorio

Caía, caía sin freno, una turbulencia blanco amarillenta me envolvía en una vorágine estelar. Miles de sólidos puntitos golpeaban sin cesar mi cuerpo perdido. Todo un cosmos en lucha conmigo mismo.

—Es el fin —no pensé.

Me moví mientras estaba quieto. Un vapor venenoso recorría todo mi cuerpo no encontrado.

—Debe ser la hora de volver a casa —dije sin hablar.

Mientras, en el fondo más perdido de la tulipa cagamoscada que iluminaba la escena, dos moscas se hacían el amor. Sus gemidos llegaban hasta mí. Una de sus alas me golpeó la nariz.  Hemorragia. La sangre amenazaba con llegarme al cuello.  Afortunadamente no se nadar musité a la par que me ahogaba.  Alguien me dio una patada en el hígado...

—No creo que sean maneras —dije con cierta irritación justificada.

—Voy a extraerte esa muela cariada, chico. Así serás más civilizado —dijo uno de los recién llegados.

—¡No toquen esa muela! —aullé—. ¡Puede explotar!

Diez millones de fragmentos de muela del juicio final volaron en todas direcciones.

—¡Vaya ejemplar! —se admiró uno de los acompañantes del recién llegado, a la vez que sacaba un paraguas para protegerse de la lluvia.

—Perdonen mis modales —supliqué—, pero tengan en cuenta que estoy muerto. ¿Señor...?

—¡Jesús Pisto! —respondió el interfecto—. ¿Comprendes lo que te quiero decir?

—Sí, pero prefiero que lo pague el seguro, ya sabe que estas operaciones cuestan un riñón —mascullé con alguna  esperanza.

Alguien se acercó. Era gordo, inmensamente gordo, tan gordo que llevaba la tripa sobre un patinete. Su voz era verde como los billetes de mil.

—¡Judíos, salid! —gritó mientras Mios infinito asentía con la cabeza.

—¡Raus! —confirmó el gordo, que no era otro que el ladrón de la mano derecha de Jesús Pisto.

—Ustedes perdonen —murmuré medio vivo de miedo—, sólo soy un pobre pasado.

—¡Carné! —ladró Mios infinito. Y una juguetona araña tejió su tela de ídem entre la nariz y el labio leporino de Mios misericordioso en el eviterno espacio de tiempo entre las dos sílabas de su mandato.

—Lo siento... —me disculpé—. La K.G.B. me lo hizo comer en la última huelga de hambre en Carabanchel.

—¡Malditos ateos...! —dijo para sí Jesús Pisto—. Ya no hay caridad en el mundo, mira que dejar a un pobre chico sin documentación.

—¡Madre! —exclamó dirigiéndose a Mios Padre!—,  debo volver y completar mi labor, será fácil poner en marcha las cámaras de PAX. —Y comenzó a reír cristianamente.

—¡Diablos, Mein Mios! Yo le acompañaré —se apuntó el gordo  sin necesidad de imitar a Himmler, pues era él mismo.

Un coro de ángeles celestiales cantaba a lo lejos. Un amanecer tenebroso. Un libro ardía mientras los bomberos hacían fiesta. Las SS desfilaban al paso del oca-irí, oca-irá. Alguien me dio dos patadas en el hígado...

—Este cadáver me suena —afirmó con seguridad el policía.

El cadáver era yo, estaba irreconocible, destrozado por mil torturas. Los arcángeles habían hecho un buen trabajo. En alguna parte de mi cuerpo lloré desconsoladamente. Gritaba, pero nadie me oía. El oscuro policía rascaba la mierda de mis uñas con un punzón.

—Esto nos servirá para identificarle.

Justo debajo, en la más sucia cloaca metropolitana, ciento sesenta y tres ratas se hacían el amor sin pensar en el ministerio de la gobernación que lo tenía absolutamente prohibido. Pero sin que lo supieran las ratas, dos personas y  un solo Mios verdadero les miraban. Dos mirones, Mios  todopoderoso que lo ve todo, y el ojo central de su triángulo.

—Misericordia... —le pidió mi cadáver al policía.

—¿Cómo dice usted? —respondió éste sin extrañarse, pues en sus archivos ya figuraba otro cadáver que resucitó al tercer día.

—¿Mande? —insistió.

Pero... mi muela reagrupó sus dispersos trozos. Acudían a la llamada de la muela del juicio final. Era la resurrección de la muela. Y en medio de un gran ruido, mi cuerpo resucitó y yo con él. Mal que les pesase a Mios, a Jesús Pisto, a Lázaro, al policía, y a todos sus muertos.

—Que no vuelva a suceder —dijo el hombre de la porra.

Tenía que librarme de él. Devoré con ansia su larga porra.  ¡Oh, fue maravilloso! Notaba sus tersas fibras vibrar en mi estómago. Entonces les vi. Eran ellos, ¡ellos! ¿Os dais  cuenta? No es fácil librarse de los esbirros de la casulla ni aun después de muerto. ¡Ni remuerto!

Me invadió un golpe bajo-religioso. Se apoderaba de mí, ¡me seducía con sus caricias de confesionario! Pero aún me quedaban recursos... Dejé que se acoplara mejor a mi cuerpo. Su amor era acre, amargo como una bellota. Una náusea gástrica recorrió mi pene y veinte orgasmillos saltaron al vacío.

—Qué  voy! —dijo un espermatozoide inexperto.

—¡Maldito marica! —dije.

—Te queremos, te queremos —aseguraron los de las casullas.

—¡Oh, ámanos! —confirmaron los acólitos.

Me fui al jefe y le di un bocado en el pene. Era mi única salida, creedme.

—¡Atiza! —gritó Jesús Pisto—. ¡Me has castrado! ¡Venganza!

Le vi llorar desesperado, su mejor argumento estaba en mi estómago. Un destello sádico se reflejaba en mis órbitas. Lo miré risueño. Su maldita religión olía ahora a pies de  labriego. Se encogió, se redujo a un mierdoso bebé que quedó en el suelo. Llevaba una graciosa coronita clavada con dos puntas y un piojoso pañal le recubría el culo. Encima, con una mano parecía bendecirme. Alguien toco un villancico y unos pastores sacaron billetes para Belén.

—¡Socorro! —pedí—. ¡No podré soportar otro ciclo!

—¿Qué te parecen mis trucos? —dijo el bebé.

Tomé una drástica decisión. Fui al polvorín y robé la dinamita que sobró del asesinato de un millón de españoles.  Después hice saltar por los aires al bebé, a los pastores, al villancico, al guardia que ordenaba la cola de mirones, y a  los propios mirones. Nadie me daría más patadas en el hígado.

—¿No está mal este chocolate, eh?

—Sí, es bueno, casi un doble cero...